Playa quemada

La flor azteca

Los monstruos del Riachuelo

El amor enfermo

Marvin

Auschwitz

Adiós, Bob

Playa quemada

La fe ciega

Auschwitz

El Corazón de Doli

La otra playa


6.26.2012

EL AMOR ENFERMO / CAPÍTULO DOS


Lo primero que hizo Saravia al entrar en su departamento fue sacarse la ropa mojada. Todo estaba en su sitio: las pilas de casets, su cama, su teléfono, el palo apoyado entre dos caballetes que oficiaba de perchero y del que colgaban varias camisas, la mesa, el grabador, los libros apilados en el suelo y  sus álbumes de estampillas. Había sido un buen filatelista, antes de separarse de Silvia. Después ingresó en la angustia constante, y las estampillas requerían mucha concentración. Enrolló la corbata. La dejó apoyada sobre la mesa. Un laberinto circular de tela; así debía ser el interior de su oído: "un laberinto lábil", pensó Saravia. La parte más gruesa de la corbata, que era la que estaba más mojada, se derrumbó como la pared de un castillo de arena.
Venía oyendo el zumbido desde el día de la separación; siempre en la oreja izquierda. Saravia creía que era un castigo por haber aceptado que la ruptura, después de varios años de noviazgo, se redujera a una conversación telefónica. Silvia lo había llamado para decirle "no vuelva más", con una voz rara, y él intuyó que pasaba otra cosa. Ella dijo "chau", y Saravia, en aquel momento, no se había dado cuenta de que era para siempre. Ella querría estar sola, o probar con otros hombres, tal vez con mujeres, por qué no con animales. Saravia no había recibido ninguna explicación, así que todo podía ser. Ella ni siquiera lo había decidido de una semana para la otra, o de un día para el otro, sino de un rato para el otro. A eso de las nueve tenían que ir a cenar al restorán de siempre; a las nueve menos cuarto hizo aquel llamado fatídico. "Hola, Saravia, despiertesé". "¿Qué le pasa a mi princesa?". "Que no quiero estar más con usted, que quiero que me deje sola". "¿Por qué?", preguntó él.
 - Porque sí -dijo ella.
 Al cortar, el zumbido brotó de la nada como una pequeña molestia pasajera, y fue creciendo a medida que el mismo Saravia se iba transformando en pura oreja, en pura molestia de oreja. Se le clavaba como una aguja hasta el puente de la nariz. Después la aguja comenzaba a girar sin parar, deshaciéndole la masa encefálica. La molestia ya llevaba más de seis meses; la angustia de estar solo llevaba el mismo tiempo. A lo que ahora se agregaba la novedad de haber oído las voces de las mujeres, de haberlas distinguido a distancia, en el subte.
¿Qué había hecho Saravia en todo ese tiempo? Esperar tumbado sobre su cama. Todo su ser inmóvil en una cama permanentemente deshecha, alentando la esperanza de que ella llamara. El oído abierto contra el auricular como único resabio de movimiento, más un fluir tristísimo de labios, más el índice derecho apretando la tecla de redial y cortando a la nada. Saravia conservó pálidamente su apariencia de humano durante esos meses interminables, en los que se fue convirtiendo, paulatinamente, en oreja. Una oreja de 75 kilos y 1 metro con 76 centímetros de altura. El tímpano izquierdo, el que estaba más cerca del teléfono, era su centinela. Todos sus nervios, sus ganas, sus miedos, su ansiedad, sus humores, su sudor agrio; toda su espera estaba conectada con aquel único órgano despierto y atento. Estaba conectada su boca para abrirse, su lengua para empezar a hablar; estaba preparado su brazo para levantar el auricular; sus ojos prestos a cerrarse y su alma a dejarse disolver en el timbre esperado de Silvia, en sus palabras que nunca llegaban. La necesidad de Saravia se concentraba en esos apenas cincuenta centímetros de distancia que lo separaban del artefacto negro. Tenía que estar así, de guardia completa, dada la importancia del asunto. Desnudo, tirado, con la estufa prendida, tomando gaseosa tibia y comiendo los sánguches de pan francés que le traía Celeste, la encargada. Saravia había pensado que dejaría pasar un timbrazo, dos; después "hola, hola" antes de levantar, para aclarar la garganta, y tal vez, quizás, erguirse en la cama para que su voz no tuviese temblores de colchón. Ese era el plan que había urdido, estirado entre sus sábanas repletas de migas e hilos de fiambre barato. Aunque no era todo el plan.
Saravia también usaba el teléfono para escuchar la voz de ella en el contestador y concentrarse en los cambios de mensaje y de la música de fondo. El conocía esas melodías: Miles Davis por Marsalis, ése había sido el primer cambio, para después volver a un clásico, con Debussy. Ella odiaba a Debussy, porque le parecía aburrido, pero a los dos meses y seis días y medio de la separación había puesto un pedacito de "El Mar" en su contestador. ¿Qué quería decir esto? ¿Alguien la estaría convenciendo de que aquel concierto era bueno, o por lo contrario ella estaría pasándola tan bien que hasta "El Mar" había dejado de ser la más pura esencia del aburrimiento?
Se acercó al grabador y lo encendió. Adentro de la casetera estaba su caset de música acrobática, con Rachmaninov  recreando a Paganini. En mitad del concierto había un pasaje que lo emocionaba porque le hacía acordar a Silvia. Cuando lo escuchaba no podía evitar que su ánimo se desmoronara como la corbata mojada.
En el botiquín del baño buscó la perita de goma y el frasco con agua oxigenada y se dedicó, en los minutos previos a la emoción, a irrigarse las orejas. Había leído en alguna revista científica que no convenía que el cerumen se acumulara en cantidad excesiva, porque podía obturar totalmente el conducto, dificultando la audición. No se acordaba bien dónde lo había leído, pero sin duda fue en una revista, o tal vez fuera en una enciclopedia, porque podía recordar una ilustración en la que un niño correctamente peinado se metía la punta de una pera de hacer enemas en el pabellón izquierdo, mientras que con la otra mano sostenía un vaso de agua a medio llenar. Debajo de la ilustración podía leerse: "La irrigación es norma de higiene".
Saravia siempre había pensado que la separación había ocurrido por culpa de otro hombre, aunque ella jurara y perjurara que no se trataba de eso, sino de ganas de estar sola de nuevo. El sabía que podía perdonar un engaño, pero no una mentira sostenida. Las parejas no se separaban por las infidelidades, sino por las mentiras. A esta conclusión había llegado una  tarde en que se sentía tan deprimido que no había tenido fuerzas ni para ir al baño a orinar, por lo que la cama estaba mojada y olía a meo. Lo que se oculta durante días y meses es lo que destruye a todas las familias, y para Saravia -si bien habían sido solamente novios- la de ellos era una familia en potencia, que Silvia había destruido sin más. Ahora sólo le importaba saber la verdad, pero ella se negaba a contestarle.
Aunque una vez, era cierto, Silvia lo había buscado. Fue a los tres meses y un día de haberse separado. Saravia no contestó, le temblaba el pulso y casi no tenía fuerzas para levantarse. Ella dejó un mensaje diciendo que pasaría a las diez de la noche. Así, sin consultarle. A él le pareció una falta de respeto, pero se levantó de la cama y cambió las sábanas. Estaba flaco. Fue hasta la cocina a prepararse un plato de fideos y se lo comió sin salsa, ni nada. El estómago le dolía, al igual que todos los huesos. Eran las once de la mañana. Se sentía mal pero estaba contento. Le pidió una escoba a Celeste, cuando ella vino a traerle el sánguche de mortadela y la Coca de medio litro. Se tomó la botella de un tirón. Estaba tibia; no entendía por qué Celeste no le compraba Coca fría. Prendió el calefón y se dio un largo baño. Barrió el cuarto. Sacó dos bolsas de residuos al pasillo. Preparó la ropa mucho antes de que fuera la hora. El mismo estaba listo una hora antes, con su corbata roja a lunares planchada y los zapatos recién lustrados. Estaba radiante y lejos del teléfono, hasta que lo oyó sonar. En el espejo del botiquín practicaba peinados: raya al medio, raya al costado, hacia atrás. Cuarto timbrazo, clic, mensajes después de la señal, clic - chiiiiiií- clic. Tuvo que abrir la puerta y sacar la cabeza del baño para oír. "No me parece una buena idea, lo lamento", dijo la voz de ella, antes de cortar. Antes de que la mano de Saravia saliera corriendo como un perro para levantar una señal de corte prolongada y monótona, inexpresiva, sin Silvia, sin la voz de Silvia. Después vino el desvestirse, colgar el traje y mirarlo como a un paracaídas desde el que se hubiera escurrido hasta el colchón, con la camisa, los calzones y las medias puestas.
Y otra vez la oreja Saravia; Saravia vuelto oreja por los próximos meses. Moviendo apenas una pierna para recuperar la sábana; pestañeando; la boca un círculo con el dibujo permanente de un bostezo; las manos apretadas en los brazos extendidos. Todo él debajo de su cubrecama verde.  Un mes, dos meses, tres, más dos semanas y media. Hasta el día en que se dijo "basta Saravia", y despegó el pelo del colchón con olor a café quemado para darse cuenta de que la cabeza le dolía como si hubiera bebido un whisky continuo. Quiso ser terminante: basta de los sánguches de Celeste, basta de asearse a fuerza de trapitos mojados, basta de olor a orines y migas clavándose en la espalda. Otra vez logró bañarse, vestirse. Salió  de su departamento. Llegó al bar de siempre, al de antes, pidió una botella de vino y un plato de ravioles con tuco. El mozo lo reconoció a la primera ojeada. "Tanto tiempo, don, ¿y su señora?".
 - Murió -dijo Saravia.
El mozo le puso la mano sobre el hombro y él sintió el apretón de sus dedos regordetes. Se arrepintió de haber dicho semejante disparate. Pensó que ella podía entrar en cualquier momento al restorán, cualquier día, inclusive esa misma noche. ¿Y si había muerto de verdad? El nunca hubiera dicho semejante cosa sin suponer algo, sin tener, al menos, un presentimiento. La cara del mozo era de verdadero desasosiego. A Saravia le dieron ganas de salir de allí de inmediato, de volver a la guardia de su departamento y de su cama y, sobre todo, al teléfono. A ver si justo ella había llamado y dejado un mensaje. O peor aún, si no se había animado a dejar un mensaje y había cortado. Silvia era tan tímida, tan pescadita, pobre. Y él sin estar del otro lado para atenderla, para preguntarle si era feliz y escucharla dudar, llorar, quejarse de todo por extrañarlo tanto, o al menos por extrañarlo un poco. Y él, Saravia, confesarle que también, algo, la extrañaba. Donde hubo fuego. El mozo apoyó la botella sobre el mantel después de servirle una copa hasta el borde y volvió a tocarle el hombro con pena, sin atreverse a darle sus condolencias. Saravia se quedó nuevamente sin saber qué hacer, tuvo un ligero temblor de piel, casi un escalofrío, y supuso por primera vez que no iba a poder regresar nunca a ese restorán de siempre, de antes, por la mentira que había dicho. Apuró los ravioles y se le formó una pasta en la garganta que costaba bajar aún con vaso tras vaso de vino, porque tenía un nudo así de doloroso, Saravia. Se metió un poco de miga de pan en la boca. Lo más triste de todo eran los ojos del mozo que lo evitaban, al punto que para conseguir la cuenta tuvo que pararse e ir a buscarla. Se secó la boca con urgencia; dejó el doble de la propina que hubiera dejado antes, siempre, y salió corriendo del restorán.
En el ascensor se encontró con la mujer del octavo C, que vivía tres pisos arriba del suyo, y subía con su hijita de nueve años vestida para ir al colegio. Saravia pensó que no eran horas de asistir a clase, pero no dijo nada, ni siquiera las saludó cuando se bajó en el quinto. Estaba apurado por ver la luz titilante de su contestador, por tocar la tecla de los mensajes y oír gimotear a Silvia. Abrió la puerta y se zambulló en su cama aún tibia. En el contestador no titilaba luz alguna. Se sentó. Pensó en llamarla para preguntarle si estaba contenta con lo que había conseguido, para exigirle una explicación, para preguntarle dónde había ido el amor que se tenían. Miró la hora: eran más de las once de la noche. La imaginó escuchando sus preguntas acostada al lado de un hombre desnudo y con una feroz erección. ¿Y si ella estaba sola, como él, mirando todo el bendito día el aparato, sedienta por oírlo sonar?  Lo peor hubiera sido que ella intuyera que era él, que estaba desesperado, y entonces decidiera no atenderlo por no saber qué decir, o cómo calmarlo, o simplemente cómo no alterarlo más.
Repentinamente decidió que todo por lo que había pasado era historia antigua, y que el teléfono le importaría poco, de ahí en más. "Muy poco", recalcó. Le tenía bronca al teléfono y, si lo oía sonar, no iba a levantar el auricular por nada del mundo. Sí, señor. Que ella supiera que no estaba, que no la esperaba. Inclusive, pensó, podría llamarla para dejarle un mensaje perentorio. Que tenía cinco días, ni uno más, para volver a comunicarse, o que se olvidara para siempre. Sin presiones de ningún tipo era muy difícil cortar la relación, y el problema era que él se había quedado sin Silvia y sin la verdad de lo que había pasado. Por eso ella seguía jugando con blancas y él era el deprimido. Levantó el tubo con decisión. Marcó redial y en seguida respondió aquel contestador. Ella había cambiado otra vez la música. Ahora había un rocanrol. Silvia odiaba el rocanrol, como él. Lo odiaban en pareja. Ella ni siquiera lo consideraba música, y ahora había seleccionado un rocanrol como música de fondo en su contestador. Contó la cantidad de mensajes con los dedos: doce. Sonó el pip final y Saravia se encontró en la disyuntiva de tener que decir algo y no saber qué,  lo que le provocó un suspiro que lo hizo cortar, inmediatamente asustado. ¿El suspiro habría quedado grabado en la cinta? ¿Ella sería capaz de reconocerlo, a seis meses y medio de la separación? Un calor rotundo envolvió la cara de Saravia.
¿Qué número de tres cifras podía haber usado Silvia para bloquear el contestador de su fax? Saravia examinó varios códigos posibles. El triple 6 podía ser, también el 123 o el 789, fáciles de acordar, o el 555 de Polyana. No, no era el estilo de ella. Silvia cumplía años el 5 de enero. Marcó su número otra vez  y, durante la duración del mensaje, probó el 105. Cortó. Llamó de nuevo y probó con el 501. La máquina dio un vuelco y rebobinó los mensajes, dispuesta a leérselos uno a uno. A Saravia se le erizó la piel. Anotó 501 en un papel. Puso el despertador a las dos de la mañana. Antes de que sonara, ya estaba intentándolo de nuevo. Oyó trece pips que eran trece mensajes (los doce anteriores más el suspiro). Ella no había llegado aún. Tal vez no volviera en toda la noche. Podía hacer  las cosas tranquilamente. Cortó y marcó, otra vez, el número de Silvia, más el código de las tres cifras. Buscó en la mesa de luz su grabador de mano y lo pegó contra el auricular superior, de tal modo que podía oír y grabar al mismo tiempo. Escuchó las voces sucediéndose sin demora.
Los tres primeros mensajes eran de sus amigas; el cuarto del consorcio; el quinto de su madre y el sexto de un hombre. El mensaje decía: "Soy yo. El hombre que transita tu equinoccio en una tarde perfecta de otoño para hacer el amor. Te extraño".
Lo sorprendió la voz. Se quedó helado; no pudo oír más, aunque los mensajes continuaron pasando. ¿Quién era ese desconocido que ni siquiera firmaba lo que decía, que irrumpía en el contestador de la princesa con una presentación egocéntrica, que se las daba de poeta y la tuteaba como si la conociera desde la escuela primaria? Reaccionó cuando escuchó su propio suspiro, difícil de distinguir y un poco sonso. Sacó el caset de su minigrabador y le puso una etiqueta: SILVIA. Discó de nuevo para comprobar que la cantidad de pips era la misma de antes. "Nada se pierde", pensaba, al segundo día de espía, al tercero, mientras grababa las palabras de ese hombre en su minigrabador. Los mensajes eran:
"Soy yo. Tengo apetito y fiebre. No puedo curarme si no estás."
"Amor. Qué placer que nos gusten las mismas cosas. Andar desnudos es lo único que importa."
Saravia volvió a escuchar todos los mensajes juntos. Por el tono empalagoso de la voz y el ingenio pasado de moda de lo que decía, dedujo que no era el tipo de Silvia. A esa relación no le daba más de cuatro meses. Aunque ya no le importaba: se había levantado de la cama e iba a poner música. El laberinto lábil de la corbata roja a lunares blancos seguía ahí, derramado sobre la mesa. "La verdad y su efecto demoledor y restaurador", pensó, y pensó también que deseaba una pizza de anchoas y escuchar aquellos casets que le había grabado ella. Pensó en violines y se acordó de Shlomo Mintz interpretando los Capricci, pero se le ocurrió que era demasiado nervioso y áspero para la ocasión; no así, por ejemplo, las sonatas y partitas de Bach ejecutadas por Arthur Groumiaux, muchísimo más dulces, aunque algo tristes. Silvia decía que el violín siempre era triste, y Saravia le llevó un caset de Midori sumamente alegre, y eligió dos temas. Uno de Paganini, el número tres  cantabile y otro, el número trece, de Sarasate. Para que observara, con el primero, que un violín podía ser divertido, y con el segundo, que una canción triste podía ser una elegía y no una depresión como las partitas. Silvia había utilizado la expresión "triste como una mala siesta de domingo". El caset que ella tenía entre las manos se llamaba "Encore!" y la cara de la violinista japonesa tenía la expresión de no poder tocar más bises.
- ¡Slavonic Dance de Dvorák!- había leído Silvia, contenta. Pronunció voryak.
Ella apretó fwind hasta que lo encontró, recordó Saravia. Se sentó debajo de su abrazo, cariñosa. A todo volumen, comenzó a sonar el Opus 46 nro 2 en mi menor, el himno más tierno y nostálgico de todos los tiempos, según Saravia, y después según Silvia también. El se imaginaba a la japonesa llorando mientras lo tocaba, porque lo que se oía eran lágrimas vivas deslizándose por las cuerdas, lamentos de amor, y  comenzaron a llorar juntos, mansamente, cuando el sonido creció como una esperanza. Como la esperanza que después tomaría la forma de un teléfono, hasta atender y descubrir que aún no era ella, que nunca lo sería. Que  ya no lo llamaría, por más que la Danza Slavónica de Dvorák comenzara de nuevo. Número equivocado. Saravia hubiera pronunciado vórak.
Entonces el zumbido cesó en su oreja izquierda, por segunda vez después de lo del subte. Por un instante pudo percibir la música en estado puro, cosa que no le pasaba desde hacía varios días. Puso stop para sentir el silencio, pero comenzó a escuchar un rascarse de piernas y una voz femenina esquiva y susurrante. "Contame cómo fue". dijo esa voz. Provenía de la ventana abierta. Saravia se acercó.
- Estábamos sentadas en el sillón del comedor, mirando la tele -dijo otra voz, también femenina pero más delicada-, y el amigo de mi mamá vino a llevarse a la perra. "¿Estás sola?", me dijo. "Sí", contesté. Entonces entró  la perra a la cocina. La pobre ladró  un rato largo, quería seguir viendo televisión.
- ¿Y?
- Vino de vuelta y se sentó a mi lado. Me metió una mano por adentro de la pollera y yo no lo miraba. Después me paré, apagué la tele y puse el disco de Abba, ese que tiene "Reina danzante". Volví bailando hasta donde él estaba. Yo tenía los ojos cerrados. El estiró una mano y me la apoyó acá. Yo le bailé frotándome contra sus dedos enormes. Entonces abrí los ojos y vi que se había abierto el cierre, y se sostenía con la otra mano su cosa enorme y peluda.
- ¿Y?
- Me arrodilló en el piso y se bajó los pantalones hasta los zapatos. Dijo: "si me la mordés, te mato".
- ¿Te entró toda en la boca?
- No. Pero yo quería que me la metiera, para ver cómo era. Chupar no es la primera que chupo, pero nunca me habían cogido, y mamá iba a tardar en llegar.
- Es increíble que todavía no hayas cogido.
- Ahora sí. La perra no paraba de ladrar, tanto que él me pidió que me sacara la bombacha mientras iba a la cocina a apagar la luz. El vestido me lo dejé. El bajó un poco la música. Yo lo esperé parada al lado del sillón, nerviosa, imaginate. El se sentó, ya sin nada de ropa abajo, y descalzo. La cosa era gigantesca, no sabés, dura. Me agarró así por la cintura, me abrió las piernas y me sentó encima.
- ¿Sin saliva, ni nada?
 - A mí me dolía y entonces me escupí la mano y me puse yo misma. El estaba como apurado; le dije "Pará, que me vas a romper", y se chupó bien un dedo y me lo metió para abrir el camino.
- ¿No le dijiste que eras virgen?
- Sos loca. Si le digo que soy virgen no me lo saco más de encima. Una cosa es que te la hagan una vez, otra es aguantarlo todas las tardes, antes de que llegue mamá. Pero debe  haber sospechado algo, porque grité y le pedí "más despacio".
 - ¿Te gustó?
 - Mnnnn. Me gusta más que me den besitos, me parece más lindo. Tener esa cosa adentro me daba un poco de impresión, aparte del dolor y de que me salió sangre. Poca; un hilo. El señor se sacudía, y me fregaba las manos por el pecho, la espalda y la cola. Ponía cara de loco.
- ¿Cerró los ojos?
- Sí y no, a veces miraba la puerta o el reloj, por si llegaba mamá. En un momento la sacó muy asustado y me manchó la pollera. Estaba todo transpirado. "Ya está", pensé.
- ¿Y ahora, te duele?
- Me arde, y me siguieron saliendo como babas de sangre. Me unté con Hipoglós. ¿Pongo Abba?
- Dale.
Saravia asomó la cabeza hacia arriba. El único departamento que había encendido era el octavo C. Oyó el disco deslizándose fuera del sobre, la púa apoyando en el surco, el ruido a papafrita y los primeros acordes. Vio las siluetas de dos mujeres delgadas y altas, bailando, recortadas contra las cortinas.
Se volvió a poner la corbata y salió al pasillo. Subió los tres pisos por las escaleras. Cuando estuvo frente a la puerta del octavo C, le pareció que el volumen estaba más bajo. Tocó dos veces. Adentro se preguntaron: "¿alguien está llamando, vos oíste algo?". Abrió la puerta la hija de la vecina, que ahora estaba sin el guardapolvos. Tendría diez años. Estaba disfrazada con un deshabillé de su madre, tacos y  la boca delineada de rouge. Había otra nena más pequeña que ella. Habían puesto un velador en el piso, y la sombra alargada e irreal que hacía la amiga sobre las cortinas de la ventana era una de las que él había visto desde su departamento.
- ¿Qué quiere? -preguntaron, casi a coro.
El se quedó mirándolas un instante. Luego dijo:
 - ¿Está tu mamá?
 - Salió -dijo la que había abierto la puerta.
Entonces Saravia se calló la boca definitivamente, e hizo un gesto sencillo a la amiga para que bajara la música.
 - ¿Le molesta Abba?
Hizo que sí con la cabeza. La amiga bajó el volumen y él le guiñó un ojo. La pequeña sonrió. Tendría siete u ocho años, pensó Saravia, al tiempo que experimentaba una leve erección adentro de sus pantalones, la primera desde que se separaba de Silvia. Bajó las escaleras excitado; entró a su departamento con el recuerdo de esa sonrisa en su cabeza, se acercó a la ventana para cerrarla y escuchó el final del diálogo:
- ¿Te cogerías a tu vecino del quinto?
Habían parado el tocadiscos y las voces se oían muy nítidas, otra vez. La vecina se tomó un instante para pensarlo. Saravia esperaba la respuesta con las manos apoyadas sobre el marco, inmóvil.
- ¿A ese viejo de mierda? -dijo la otra.

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6.24.2012

EL AMOR ENFERMO / CAPÍTULO UNO

PRIMERA PARTE: LA ENFERMEDAD


1
Saravia supo que ella estaba llorando por el sonido de sus tacos sobre el piso del subte. El taconeo también podía deberse a una espera nerviosa, aunque Saravia oyó la lágrima salir del ojo, deslizarse por un pómulo suave y detenerse en una zona muda, antes de caer al piso. La lágrima rodando por la mejilla hacía el ruido de una bolita de vidrio deslizándose sobre una fina lija.
"Oír adentro del subte da calor", pensó Saravia, mientras volteaba hacia ambos lados la cabeza, disimuladamente, para mirar. A la lágrima se sumaba la bocina perdida de un tren que cruzó; aplastada, taladrada, gastada, cortada en pedacitos y absorbida por el piso. La vibración le trepó desde los pies, le abrazó las piernas y los pantalones de vestir, subió como un enrejado de arañas por su cuerpo hasta la mano que se aferraba a la anilla de cuero.
En el vagón había varios adolescentes, un hombre con aspecto de chofer de lancha colectiva, un harapiento con la frente oxidada por el sol y una señora grande y gorda. Saravia era el único que viajaba parado. La señora llevaba puestos anteojos negros y tronaba los dedos de su mano derecha como si mantuviera el ritmo de alguna canción. Saravia fijó la vista en su cara hinchada y llena de pecas grises. La lágrima podía haber  tocado el marco de los anteojos y  haberse corrido hasta casi llegar a la mitad; para después quedarse un instante quieta y al final clinc, contra el piso de chapa. Aunque la señora estaba contenta, miraba pasar las estaciones desde su ventanilla, traía un paraguas rojo, olía de un perfumero que constantemente iba de la cartera abierta a su nariz y llevaba un flamante peinado de peluquería. Con olor a spray, con olor a bautismo. Tenía los ojos vidriosos pero secos, detrás de los anteojos. Esto lo advirtió Saravia al acercarse; trató de cubrir con el periódico su mirada demasiado atenta, pero ella le sonrió. Dos cables negros salían del peinado hacia el interior de su cartera. Saravia inclinó un poco la cabeza, en una especie de saludo cortés. Esa mañana iba vestido con su saco nuevo y su corbata roja a lunares blancos, lo que le hizo suponer que a la mujer le habría gustado su elegancia. Ella tendría, como él, unos cuarenta y tantos años. En las manos, al igual que Saravia, no llevaba anillo de casada.
Clinc, volvió a sonar la gota, más fuerte que los plic plic de los dedos de la señora. Ella no era la que lloraba, y no cabían dudas de que el sonido, amplificado al máximo, era el de una lágrima estrellada. La señora se acomodaba los pequeños auriculares más adentro de sus orejas perdidas en el pelo, cuando Saravia oyó un sollozo y una frase: "No está bien que siga con él; no quiere hijos míos, y a mí los chicos me encantan". El vagón se movía hacia ambos lados como si estuviera a punto de desarmarse. "No sé cómo no le pueden gustar. Dice que son seres malignos, dañinos...". Las maderas golpeaban unas contra otras al paso de la curva. El silbido de un freno se sumó al sonido general, y Saravia distinguió una segunda voz de mujer. Era una voz más joven.
-  También odio a los niños -dijo.
La voz del llanto se sonó la nariz en un soplido corto que Saravia oyó con precisión, como si hubiera sucedido al lado de sus orejas.
- Mis relaciones amorosas empiezan y terminan con las relaciones laborales de los tipos con los que trabajo -decía ahora la joven-. Todos estamos entrando o saliendo de un amor, siempre, en todo momento. Por eso, nada de familia. Yo creo que los únicos niños buenos son los que están internados y enfermos, muriéndose en el hospital. A esos no les queda otra cosa que ser buenos.
 - Son tan chiquititos... -la otra mujer se sorbió las lágrimas.
 - Son demonios. Últimamente están peor que nunca. Deberías presentarme a tu ex. ¿De qué trabaja?         
Saravia miró por la ventana que separaba su vagón del que venía después. Las mujeres estaban al final, apoyadas contra la pared. Una era morocha y alta, y llevaba anteojos negros. La otra era petisa, muy redondeada, con grandes pechos asomando por un escote en V y zuecos altísimos. La petisa se movía como una directora de orquesta; hizo un gesto terminante, un golpe sobre la palma izquierda y Saravia escuchó "que los parta un rayo". La bocina de llegada al andén absorbió el comentario final. En su vagón se bajaba el harapiento de la frente oxidada y los adolescentes.
Saravia avanzó con dificultad hasta las puertas abiertas. Bajó y corrió hacia el otro vagón. "No puede ser que haya oído esa conversación, el sonido de una lágrima". Subió antes de que las puertas se cerraran con un soplido de sifones. Caminó despacio por el pasillo. El subte, sin arrancar, hizo un temblor liviano. La morocha se acomodó los anteojos, que le quedaron enganchados en el pelo. Saravia vio los ojos rojos, frotados. La petisa abría y cerraba la boca, pero él no pudo distinguir sus palabras, a pesar de que ahora estaba más cerca. Las dos llevaban el pelo húmedo. Las puertas del subte se volvieron a abrir. La petisa agarró la mano de su amiga y dijo "mejor bajamos", en un silencio que le permitió la máquina, y encaró con sus tetas y sus zuecos hacia el andén. Si Saravia hubiera alargado su brazo con el periódico extendido habría podido detenerlas, pero se quedó congelado en el lugar: era la misma voz que había oído desde el otro vagón. Se  rascó la cabeza, pasándose la mano hacia atrás por la frente amplia, golpeó el pilotín mojado de una estrábica con su hombro derecho y se lanzó detrás de las mujeres hacia las puertas que se cerraban, que lo dejaban adentro mirándolas pasar los molinetes, perderse por las escaleras mecánicas. Una manija de la puerta era más alta que la otra. El vidrio decía: "apertura manual". Por detrás del cartel apareció, otra vez, el telón negro del túnel.
El vagón ahora estaba más lleno. Inclusive más que el anterior, al que no había subido casi nadie, apenas una pareja, y en el que la señora gorda seguía sentada, mirando hacia el costado. "Pensar en el subte es pegajoso", supuso Saravia. "Hace transpirar". La gorda se llevó una mano al peinado, buscándose la oreja derecha. Saravia la estaba mirando a través de la ventana que separaba los vagones. Ella despegó de adentro de su oreja el pequeño parlante sudado. Saravia alcanzó a oír la canción emitida desde la intimidad de ese walkman lejano; un viejo himno de los sesenta. Conocía esas estrofas de memoria; y ahora las distinguía nítidamente, a pesar de la distancia.
Cuando el tren se detuvo en la terminal, Saravia se bajó con toda la gente. Desde el agujero del túnel, la noche llegaba en el sonido de la lluvia tapando frenadas sobre el agua, pasos de gente subiendo escaleras, suelas de transeúntes a punto de  cruzar las avenidas, arriba. Una gota, proveniente del techo, alcanzó la cara de Saravia cuando giró la cabeza y no el molinete para ver cómo se cerraban las puertas del tren; cuando volvió a mirar hacia  la gorda que se sacaba definitivamente los auriculares para abrir su paraguas, casi a diez metros de distancia de donde él estaba. Entonces oyó otra vez la musiquita corta que ahora hablaba sobre las cosas del querer, hasta que ella puso el stop; oyó decirse a dos viejas que también estaban alcanzando la calle: "ella lo ama, por eso nunca se va a casar"; oyó una tos masculina que era el anticipo de una gripe; oyó cómo dos yuppies de celulares se quejaban del maldito tiempo. Después ellos salieron y se alejaron mucho más, y Saravia ya no pudo oírlos. Quedaron todas las gotas repiqueteando sobre las veredas, y las caras de los que esperaban viajar en el próximo tren.
Saravia, frente a los molinetes de salida, sintió esa lluvia como una  infinita sucesión de pedidos de silencio. Como si los nuevos pasajeros se estuvieran diciendo unos a otros "shhh, shhh, shhh". Desde la boca abierta de la escalera llegaba la orden de callarse más grande, más húmeda y fría. Hacia allí se dirigió, sabiendo que se iba a mojar.

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Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

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