Playa quemada

La flor azteca

Los monstruos del Riachuelo

El amor enfermo

Marvin

Auschwitz

Adiós, Bob

Playa quemada

La fe ciega

Auschwitz

El Corazón de Doli

La otra playa


7.12.2010

EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 5

Después le había escrito aquel poema hermoso, y después, poco después, le había dicho que lo que más le gustaba de él eran sus ojos. Víctor le había dicho que adoraba sus pies. Le contó el desprecio con que su hermano lo trataba, y también que lo perdonaba. Dolores, no: ¿qué derecho tenía para ser despectivo?
- Es el original.
- La esclavitud se abolió en 1813.
- No es esclavitud.
- ¿Y qué es?
- Un servicio, como trabajar acá en el Pollen.
- Por esto se recibe un sueldo.
- Entonces es un acto de amor.
Para Víctor era una entrega. Regresaba continuamente al discurso del acto de amor, y aquí era cuando Dolores dejaba de contradecirlo. Estaba segura de que si la situación entre ellos seguía y, por ejemplo, se iban a vivir juntos, él iba a tener necesariamente que rever su destino. Aquello era una espada de Damocles, algo imposible de compatibilizar con una familia.
Aunque por el momento mucho no insistía con su punto de vista, para no arrinconarlo en un laberinto sin salida. Además, solo se veían a escondidas. Se besaban en los baños o en la cocina, con la complicidad de Fernanda, la llorona feliz, o del cajero ciego, que Patrick había tenido que contratar por la alta cantidad de billetes falsos que había en circulación. Los del Banco Central le habían enviado un folleto por correo que enumeraba las características de los billetes verdaderos. En la tapa del folleto estaba anotada la leyenda:

“SOLO TIENE VALOR LO AUTÉNTICO”.

Las monedas de un peso eran las que más se adulteraban. Tantas eran las monedas falsas, que las empresas de transporte público habían tenido que modificar sus máquinas expendedoras de boletos para poder aceptar la falsedad. A los billetes había que verles la marca de agua al trasluz, las rosetas calcográficas con lámpara rasante, la micro letra con una lupa e inclinarlos para verificar que los números azules se pusieran verdes. O contratar a alguien con el tacto súper desarrollado.
- Nos vendría fenómeno para la cara benéfica del Mc Pollen –afirmó el abogado-, y también sirve para descontar un sueldo íntegro de Ganancias, por invalidez.
A Patrick se le hizo agua la boca: pensó automáticamente en una dotación de jóvenes con discapacidades físicas, atendiendo el local. Era demasiado, iba a dar mala espina. Lo que sí hizo fue darle a firmar al ciego recibos en blanco. El ciego les pasaba el dedo y preguntaba:
- ¿Dice algo, acá?
- Dos mil seiscientos. Está escrito en lapicera de pluma, por eso no lo leés.
- Me parece que no dice nada.
El ciego firmaba igual. Patrick después lo completaba con veintidos mil seiscientos, o lo que el abogado le indicara.
Dolores y Víctor también se veían en la playa. Continuaron yendo a remar. Al mediodía y si había poco trabajo, buen tiempo y estaba sereno, el botero les prestaba el barco para hacer picnics en alta mar. El botero tenía dieciocho años y cuerpo de brasilero.
- Es otro clon de repuesto, como yo –le había explicado Víctor a Dolores-, pero se liberó.
- ¿Cómo hizo?
- El hermano murió el año pasado.
- ¿De qué?
- Un accidente.
La playa de noche era la salida favorita. El botero le había hecho a Víctor una copia de la llave del candado, para que no se lo falseara con las ganzúas. Había noches en que hacían la cita y Víctor faltaba a último momento, porque Sergio le había dictado “noche de guardia” o “vigía lombardo”. “Vigía lombardo” era pasar la noche entera subido a un banco, haciendo la venia. A la mañana siguiente a Víctor le fallaban las rodillas y tenía tendinitis en el brazo derecho.
- Es una locura –se enojaba Dolores.
Víctor lo aceptaba, pero no podía hacer nada. Estaba condenado por una letra R.
- Con esos ojos tan lindos… -decía ella.
Para la llegada de la primavera empezaron a cuidarse menos. La gente los veía de la mano. Dolores le hizo un poema sobre sus ojos, que Víctor pegó en el reverso de la tapa de su armario. El poema decía:

“Si tu ojo derecho es igual al izquierdo
ya no tiene sentido esperar otro invierno
a que el febril estilo que fabrica la ciencia
venga a decirnos cómo suplir la diferencia
entre tu hermano y vos.

Y si tu ojo izquierdo se parece al derecho
tanto, como para venir a confirmar el hecho
de que nacieron juntos, ven juntos y es un clon,
mirá con esos ojos y con tu corazón.
Que entre tu hermano y vos,
mejor sos.”

Víctor trataba de componer algo con los pies de Dolores, pero no se le ocurría otra cosa que acariciárselos y besárselos en todos los momentos que podía; mañana, tarde o noche. A ella le gustaba mucho. Lo único que Víctor escribía eran largas listas de datos que coleccionaba de revistas y diarios.

- “El genoma de una mosca tiene 13.600 genes y 120 millones de pares de bases de ADN.”
- “El genoma de un hombre tiene 20.000 genes y 3.500 millones de pares de ADN.”
- “La criatura más pequeña es la bacteria Mycoplasma Genitalium, que tiene 517 genes.”
- “El paquete mínimo de genes para sobrevivir está entre 265 y 350.”

¿Criterio científico en mi hijo?
Me ilusioné en vano. Eran números fetiches para jugar a la quiniela.
Una vez rompieron un preservativo en la playa. Dolores estaba en un período dudoso. Víctor cruzó los dedos y guardó el sobre vacío donde venía el preservativo fallado. Llegó a consultarme. Yo le dije que se olvidara: es la más difícil de las coincidencias, con la naturaleza con el funcionamiento casi desganado de ahora. Lo natural se va adaptando: en el mil ochocientos todos los niños salían por vía vaginal; desde mil novecientos sesenta hasta el dos mil quince, el setenta por ciento de los alumbramientos fueron por cesárea. Llegaron a echarle la culpa a las obras sociales, con el argumento de que la cesárea dejaba más rédito a las clínicas. ¡Pura mentira! Los niños se negaban a salir por el canal de parto, porque la naturaleza se había adaptado. Hoy está pasando lo mismo con la manipulación genética: los engendramientos naturales son cada vez menos. Hemos pasado de la sexualidad sin procreación a la procreación sin sexualidad.
- Lo que no quiere decir que no pueda estar embarazada –insistió Víctor.
Esperaron la regla de Dolores durante quince días. Al final le bajó, como yo dije. En el mil ochocientos se hubiera quedado embarazada. Estas afirmaciones no son científicas, y no debería ponerlas en un libro. Pero soy un hombre viejo y tozudo, y realmente creo que es así. La naturaleza se ha dado cuenta de que las cosas no funcionan como antaño. Y se está olvidando poco a poco del viejo sexo.
¡Tienen que darse tantos buenos augurios para que una mujer quede embarazada por accidente! Por empezar: contar con un espermatozoide veloz y un óvulo reconcentrado… hubiera sido un milagro. En el laboratorio es otra cosa: las partes se aíslan, el espermatozoide es inyectado, así que no interesa la energía con la que cuente: siempre va al grano. El óvulo fecundado se implantará en el momento exacto, con las condiciones adecuadas, con el humor de la madre en positivo, la temperatura ideal, el flujo justo. ¡Qué me van a hablar de accidentes! Víctor había recortado el sello del sobre del preservativo usado:

0812925224

Cuando la sangre llegó, separó el número en parejas. Como el Quini tiene chances hasta cuarenta y seis números contando desde el cero, comenzando desde izquierda a derecha le daban las siguientes posibilidades:

08 12 29 25 22 24

Había descartado el 81, el 92 y el 52, que no estaban entre los apostables. Comenzó a jugarle solamente a esa combinación, apoyándose en su teoría de la inevitabilidad del universo, que en realidad es una teoría de biología molecular de hace unos cincuenta años, aún no descartada. La vez que más números acertó, lo hizo con los tres primeros.

Víctor y Dolores, cuando podían, limpiaban juntos las mesas de Mc Pollen Fritten. Ella pasaba el lampazo y le tiraba una coleadita para rozarlo. Siempre había un toque de manos en la levantada de las bandejas, y los ojos de los dos se encontraban en cada rincón del local, disimulado en los rebotes de los espejos o sobre la superficie acerada de la máquina de café express. Guiños sencillos anticipaban los almuerzos y las Cajas Felices. Dolores le inventaba poemas que quedaban flotando en el aire, entre el humo de las hamburguesas y el criquear del aceite hirviendo. Un día quisieron esconderse atrás de una puerta azul que había a un costado de la cocina. Estaba con llave.
- ¿Ahí qué hay?
- No sé –dijo el cocinero-, siempre está cerrada.
Ese día, Víctor había regresado a su casa con la esperanza de tener la noche libre. Pero se topó con Sergio leyendo fijamente un papel que había encontrado en una de las habituales requisas por la habitación de su hermano.

“Que entre tu hermano y vos,
mejor sos.”

- ¿Qué es esto? –dijo.
- Un verso –contestó Víctor.
En la televisión, que Sergio había movido hasta la puerta abierta de la habitación, el señor Coto denunciaba que los pollos de Mc Pollen Fritten eran comida transgénica, y que iba a llevar el asunto a los Tribunales. Un bioquímico argentino llamado Alejandro Mentaberry –compañero mío de la Facultad, con unos años menos, muy buen tipo, pelado- afirmaba que todo lo que llegaba a nuestras mesas ya estaba genéticamente modificado. Yo lo estaba mirando desde el televisor de la sala.
- No hay una sola cosa sin retocar a todo lo largo de las estanterías de su supermercado, señor – objetaba Mentaberry.
- ¿Quién lo escribió? –preguntó Sergio.
- Una chica.
- En mi supermercado no hay un solo alimento hecho con genes, para que sepa.
- No sea ignorante, señor Coto, es obvio que todo lo que ingerimos tiene genes, porque está hecho de tejidos.
- ¿Para vos?
- Sí.
- A mi nadie me llama ignorante. A esas hamburguesas del Mc Fritten habría que etiquetarlas explicando lo que traen adentro, hablándoles de frente a los consumidores argentinos.
- Puede ser, señor Coto, pero no por vender un transgénico, sino por vender otra cosa por pollo.
- ¿Qué chica?
- Una que conocí.
- Eso no es pollo argentino. Es una vergüenza. Ni pollo brasilero, es.
- Ahí nos vamos poniendo de acuerdo. No obstante, el uso de una tecnología blanda y productiva para el medio ambiente es correcto, por lo menos en la agricultura, y por más que se quejen los fundamentalistas ecológicos.
- ¿Adonde?
- En el trabajo. El día en que te traje el premio.
- Hay que volver a sembrar tomate de semilla a la manera de antes, claro que sí, como bien dice el señor Menditaberry.
- Mentaberry, por favor. Y digo todo lo contrario. La agricultura orgánica tiene una productividad bajísima: 40 % menos que la convencional. Si uno piensa esto en términos de superficie, para alimentar al mundo entero con la agricultura orgánica que tanto les gusta a los ecologistas, necesitaríamos un 40 % más de tierra. Si proyectamos que en veinticinco años la población mundial va a aumentar un 100 %, necesitaríamos un 140 % más de superficie cultivable para alimentar a todos. Es imposible. Vengo diciendo esto desde hace tres décadas en todos los diarios. No nos alcanzarían los desiertos, el Amazonas, la estepa africana. Impedir el desarrollo de la tecnología es un grave error que seguimos cometiendo, a la sombra del hongo de Hiroshima.
- Ajá –dijo Sergio.
- Ajá –repitió Víctor.
- Pero las tecnologías rompen todo.
- Por eso digo blandas. Blandas y productivas.
Sergio apagó el televisor.
- Tenemos mucho que hablar, hermanito.
Dio un par de vueltas por la habitación, haciéndose el tigre enjaulado. Se paró delante de Víctor con cara de furia. Víctor lo estaba enfrentando sutilmente desde la posición de su cuerpo, las manos a los costados de la cintura, la mirada fija pero sin sacar pecho. “¿Quién es el tigre, eh?”. Víctor había aprendido a discernir las escenas de verdadero peligro de la mano de Dolores. Ya no le importaba nada, ni que Sergio le contara a Chiqui, ni que hiciera que lo echaran de Mc Pollen Fritten, como tantas veces había amenazado. Estaba dispuesto a jugarse por su amor. Dolores le había desnudado los ojos.
Sergio salió de la habitación dando un portazo.
Víctor se sentó sobre su cama. Definitivamente, no era un tigre. Tomó el papel de la cómoda para releer el poema. Después lo dobló en cuatro, le dio un beso y lo devolvió al armario. Sacó su billetera, su DNI. Allí estaba el sello culpable, ocupando todas las páginas. El sello por el cual no sería de él la decisión de ir a la Universidad, por el cual no podía tener propiedades a su nombre; el sello culpable de que Víctor no tuviera permitido votar, heredar o viajar al extranjero sin permiso escrito de Sergio, aunque tuviera la misma impresión digital que su hermano.
Se sentía como un niño pequeño: peor aún, un bebé. El sello de la letra R mayúscula pisaba sus datos impresos en las páginas. Estaba puesto con aversión. Era imposible de escanear y borrar. Al principio jugaba solo combinatorias de ese número, que tenía nueve cifras. Pero… ¿cómo iba a ganar la lotería con el número de otro, de su hermano? Su número privado era el número de un forro pinchado: más perdedor que el anterior. Retornó el documento al cajón. Dolores era lo único que tenía.
Su hermano golpeó a la puerta. Víctor no lo invitó. Sergio abrió la puerta con el mismo codo con el que había golpeado. Entró con dos cervezas. Le convidó una.
- ¿Y esto?
- Para brindar –dijo.
La cara de Víctor se encendió. Sergio le palmeó la espalda.
- Me enojo al pedo, eso es. ¿Qué consigo?
Víctor subió los hombros.
- Al pedo –siguió hablando Sergio-. No lo tomes como un presagio de nada; pero en adelante habrá que modificar algunos términos. Tenemos que hablar más. ¿Para eso querías el saco, la otra noche?
Víctor asintió.
- ¡Me hubieras dicho, idiota! Dormir con saco es de lo más incómodo. Ni siquiera traté.
Sergio destapó su lata y le indicó a Víctor que hiciera lo mismo. Él esperó a que su hermano tomara primero.
- Ah, el amor… ¿Cómo se llama?
- Dolores.
- Dolores cuánto.
Víctor desconfió. No quería que su hermano supiera el apellido. Ni el teléfono, ni la dirección.
- Monjes –mintió.
- Conozco algunos Monjes… Hay uno que es campeón de backgammon, Rubén. ¿O era Robert? ¿Es algo de ellos?
- No sé.
- ¿Juega backgammon?
- No creo -dijo Víctor.
- ¡Fundamental! Si juega, es. ¿Viene de buena familia?
- Sí.
- Familia de guita, digo.
- Creo que sí.
- ¿Todavía no le preguntaste?
- No.
Parecía que Sergio preguntaba por preguntar, nomás. Víctor apoyó su lata sobre la cómoda.
- ¿Tiene buenos pechos?
La mirada de Víctor buscó el piso.
- Soy tu hermano, ¿no? ¿Se los tocaste?
Víctor no contestó.
- Dale, frick. ¿Te la cogiste, o no te la cogiste? Te cambio esa info por la foto de las trillizas en concha.
- Sí –dijo-, basta.
- ¿Basta de qué?
- De hablar de eso.
Sergio tomó un largo trago de cerveza.
- Tomá, tomá de la tuya –dijo, después. Se secó la espuma que le había quedado en la boca con el reverso de la mano.
- La cerveza me cae mal –dijo Víctor.
- Si te garchaste una minita hay que brindar. ¿Vas a brindar con Coca Cola?
Víctor no contestó.
- Decime, jetón: ¿vas a brindar con Coca?
- Bueno…
- ¡No seas pelotudo! ¡No me hagás calentar!
Víctor volvió a agarrar la lata. Se la llevó a la boca sin determinación. El gusto amargo de la cerveza le daba asco. Sergio siguió hablando.
- Y decime… ¿Es tu novia?
- Sí –respondió Víctor.
- ¿Y te culeás a otras?
- No.
Sergio estalló en una carcajada.
- ¡Boludo! Culeate más, ahora que colgaste el virgo. Si no, la Monja se te va a poner insoportable. Hay que cogerse a todas las minas, son para eso. Y decime… ¿está buena en serio?
Víctor abrió el cajón para volver a sacar su billetera. Sacó también un marcador. Buscó la polaroid; la llevó contra su pecho y le tachó el teléfono. Los colores de la foto se habían desleído. Se la dio. Sergio la llevó al lado del velador. Miraba más lo tachado que la cara de la chica. Después se despachó.
- Más o menos –dijo-. Le falta un cacho de gomas, y esa carucha de amargada… Decime: ¿no será clon, no?
- No.
- Porque para clon, con uno sobra… -tomó otro trago.
Víctor regresó la foto a la billetera.
- ¿Cuántos años decís que tiene?
- Como nosotros.
- ¡Una jovata! ¡Zombi, con la de pendejas que hay te venís a voltear una vieja! ¿Qué hace?
- Es poeta.
- Ya le veía cara de sonsona. Ahora, de verdad: ¿qué hace?
- Es poeta. En serio. Poetisa.
- Yo también soy poeta. Demostrado con creces. Tengo un cheque por ahí, que no me deja mentir.
- ¿Todavía lo tenés?
- Se lo regalé a las trillizas. Debe estar vencido. La poesía no es una actividad. No sirve para nada. Cualquiera escribe poesía.
- Pero ella escribe bien.
- Se nota, sí. Criticarme… ¡a mí, a mí! Mirá a la chirusa. Es lo único que me disgusta de esa mal parida, te soy pared frontal –tomó el último trago de su lata y bajó la cabeza en una negación repetida y escéptica-. Lo que le habrás contado para que diga que sos mejor que tu hermano…
- No le digas mal parida.
Sergio frenó la mirada. Le brillaban los ojos. Hizo un corto silencio, antes de seguir preguntando.
- ¿Los padres de qué trabajaban, me dijiste?
- El padre tiene una empresa de fletes.
- Qué cache, Dios. ¿La madre?
- Es fotógrafa.
- ¿De modas?
- No sé.
- Se puede ser fotógrafo de muchas cosas. Ser fotógrafo de casamientos es lo menos. De ahí para arriba, digamos. ¿La mina trabaja con vos en el boliche del tío?
- Sí, ¿por?
- Ah… ahora voy entendiendo.
- ¿Qué hay que entender?
- Muchas cosas. Decime: ¿si tiene plata, para qué trabaja?
Víctor subió los hombros.
- ¡Te está mintiendo! ¡Mujeres, ja, ja! No tiene un sope. Te lo digo yo. Capaz que hasta es clon.
- No.
- ¡Te está verseando en todo, hermanito! Te ve pichón. ¿Le dijiste que debutaste con ella?
Víctor se sonrojó.
- ¿Le dijiste o no le dijiste?
- Sí…
- ¿Y ella te dijo que también?
Víctor le desvió la mirada.
- Escuchame: ¿le salió un chorro de sangre? ¿Un buen chorro de sangre?
- No sé…
- ¿No le salió?
- No.
- Entonces te mintió. No era virgo, ves.
- Es que ya lo había hecho con otro novio antes, a los catorce.
Sergio abolló su lata con la mano.
- ¿Cómo, está usada?
Víctor levantó el índice de su mano derecha.
- Un novio… -dijo.
- ¿Y quién es? ¿Es del pueblo?
- No sé.
- ¿Cómo no lo vas a saber? ¿No se lo preguntaste?
- No me interesa.
- ¿Cómo no te va a interesar? Si es de la Capital, vaya y pase, se lo garchó y chau. Pero si es de acá… Esa mujer no te conviene, Víctor.
Sergio movía la cabeza en una negación continua.
- Tiene demasiados secretos… Es… es… una prostituta, Vic. A las cosas hay que llamarlas por su nombre.
- No.
- ¡Coge con los demás!
- Fue una sola vez.
- Eso es lo que te dice, pero se debe garchar a cualquiera. Ah, Vitito… confía en el broder, por favor… -Tiró su lata abollada a la papelera y le sacó a Víctor la otra de las manos– Decime… ¿la puedo ver?
- ¿Personalmente?
- Boludo, claro… ¿La vas a entrar? ¿Se la vas a mostrar a Chiqui?
Víctor no lo había pensado.
- No sé… no.
- ¿No era tu novia?
- Sí, pero… por el momento, no. A lo mejor, más tarde…
Sergio se tomó toda la lata de un tirón. Sacudió la cabeza.
- Estaba tibia… -dijo.
Miró los posters que su hermano había clavado en las paredes, como si no los conociera: había uno de Cortázar, uno de Aristóteles, uno de Tolkien andando en bicicleta.
- ¿La familia de ella ya sabe?
Víctor asintió, inseguro.
- ¿Y te aceptaron así, sin más trámites…?
- Sí, ella ya les contó que soy erre.
- ¿Y?
- Nada… ¿por?
- No sé, digo. ¿Ya fuiste a la casa?
Abolló la segunda lata y la tiró sobre la papelera. Víctor estaba totalmente colorado.
- Cuando no estaban los padres –improvisó.
- Ah, semental… -le puso una mano en la rodilla. Expiró un aliento caliente con olor a cerveza.- Linda historia de amor… -concluyó, al fin- ¿Ya tenemos el coche lavado para el fin de semana?
- No, ahora lo hago.
- Lavalo afuera, porque Zulmeti botonea que le ensuciás el garaje. Dato gratis, viste, para no confiar tanto en las flores del Paraguay…
A Víctor el comentario no le importó. Zulma era la única persona con la que podía hablar libremente de Dolores. Lo había hecho desde el principio. Zulma lo impulsaba a seguir, porque todo se iba a solucionar, decía. Menos la muerte. Se había emocionado con el poema. Llegó a lagrimear en paraguayo: “Vitito, Vitito”, dijo. Lo apretó entre sus brazos y le mojó toda la cara.
- Avyaiteko nendive, Vitito.
Sergio se levantó para salir de la habitación.
- ¿Esta noche me vas a pedir algo? Soy el nuevo Sergio, animate.
“El coche”, pensó Víctor. Dijo:
- Salir.
Sergio se quedó un instante como rumiando la insolencia, como si el pedido hubiera sido demasiado para ese momento de la tarde.
- Bueh, por hoy, pero que no se te haga costumbre. Hasta la medianoche, como la Cenicienta. Y…
- ¿Sí?
- ¿Ella está enamorada de tus ojos, o me equivoco?
- ¿Cómo sabés?
- El poema era muy claro, ¿no? Lo leí como treinta veces.
- Sí.
- ¿Entonces?
- Creo que sí –sonrió-. Siempre lo dice.
- Ajá.
- ¿Por?
- Por nada. Buen polvo, che. Y ponete forros, a ver si te pega los granos…
Sergio salió. Víctor recogió las dos latas de cerveza abolladas que no habían acertado en la papelera.

Esa noche se encontró con Dolores en la playa. Ella andaba triste, porque su hermana había caído en cama con una insuficiencia renal. Los doctores habían dicho que Sofía tenía una infección. Dolores dijo que tal vez tuvieran que operarla. Había llevado sándwiches de jamón y queso, una botella de Coca Cola y una vela, que no pudieron encender por el viento. Víctor le contó la conversación que había tenido con el hermano, pero ella no creyó que Sergio hubiera querido conocerla.
- Tal vez lo haga por curiosidad –dijo Víctor.
- Tu hermano es tan mala persona…
Él lo defendió. Hasta le había convidado una cerveza. Sentía que la charla de la tarde era un augurio positivo para los cambios que tendrían que venir; un primer paso hacia una mejor relación. Dolores no podía compartir esa alegría, no esa noche, porque estaba muy preocupada.
- Pobre Sofi –decía.
Víctor estaba un poco aburrido de la comparación natural que surgía entre los hermanos de ambos. Sofía era buena, simpática, agradable… perfecta. Sergio, todo lo contrario.
- ¿Hoy tuviste suerte?
- Agarré el veintinueve.
- ¿Trajiste un preservativo?
- Sí.
Apartaron los restos de la cena e hicieron el amor sobre el mantel. Después se quedaron observando el mar y las estrellas, en silencio, durante largo rato.
- Mi hermano dice que la poesía no sirve, que es una taradez.
- ¿Y vos qué pensás?
Víctor se volvió a callar. ¿Cómo hablar ante aquellas estrellas? Le tomó la mano.
- Quiero tener un hijo con vos –dijo.
Dolores empezó a llorar despacio; el viento rasante le corrió dos lágrimas sobre la mejilla izquierda. Víctor las recogió cuando llegaron al mentón: una lágrima en la yema del dedo índice y otra en la del anular. Volvió a recostarse. Se llevó las lágrimas a la boca. Dolores le apretó la mano con fuerza.
- Somos almas gemelas –dijo Víctor-. Lo siento así.
- Yo también –agregó ella.
La muerte era lo único que iba a poder separarlos. Cayó una estrella fugaz. Víctor pidió un único deseo tres veces: “que la muerte no exista”. Dolores no pidió nada, porque había estado con los ojos cerrados.

Al otro día, Víctor faltó a Mc Pollen Fritten. Patrick llamó a la casa para averiguar el motivo y atendió Zulma, que le dijo que tenía órdenes de la señora Chiqui de no decirle nada a nadie. Aunque ya no trabajaba en la casa, sino en el supermercado Coto, la habían dejado venir debido a la gravedad del asunto. Ni siquiera tenía permitido atender el teléfono. Explicó el accidente de Sergio en tres palabras:
- Con un alambre –dijo.
Patrick salió corriendo hacia la clínica. Dolores lo vio irse y cruzó los dedos. Llamó durante lo que quedaba de la mañana. En casa de Víctor nadie más atendió el teléfono. Yo había ido hasta la clínica en el auto, a medianoche, cuando todo pasó.
-Plif, y se desinfló –fue la descripción que Chiqui dijo que Sergio le había hecho antes de desmayarse sobre la alfombra de su cuarto. Todavía tenía el alambre apretado en la mano y media cara ensangrentada. Estuvo siete días en oclusión. Víctor, en cambio, salió rápido; a los dos días estaba trabajando de nuevo.
- ¿Y eso qué es? –Dolores había llorado los dos días.
- Un parche –dijo él.
Ella lo abrazó.
- Igual tengo el de al lado.
A la semana, la noticia parecía menos truculenta. Habían puesto una Caja Feliz abierta para que los clientes dejaran alguna moneda. Entre todos iban a comprarle a Víctor el ojo de vidrio. Patrick puso un billete de cien pesos, y la televisión fue a registrar el acto. Se había vestido de payaso, con la nariz de goma y los zapatones. ¡Hasta asistió un oftalmólogo para tomarle a Víctor la medida exacta de la cavidad derecha y el color del iris del ojo izquierdo! Pusieron la receta con las indicaciones adentro de la Caja. Dolores había depositado trescientos pesos de su último sueldo, y el ciego ya llevaba donados treinta y cuatro pesos con veinte centavos. Lo demás eran inútiles monedas de un centavo y media naftalina puesta por algún mala madre. A Víctor le dejaron repetir hamburguesa, que él insistía en dividir mitad y mitad con Dolores. Aunque no volvieron a hacer el amor. Ella, entonces, le hizo un poema, pero no se lo dio enseguida.

“Si el amor está vivo
merecemos nuestra playa y el mar.
Lo merezco contigo.
Si el amor está muerto,
no me importa cuán muerto esté de amar.
Igual te quiero tuerto.”

Dolores dudó mucho con la palabra “tuerto”, pero la dejó porque era simpática. Víctor tenía sentido del humor, la iba a saber leer. La duda demoró la entrega del poema y, como si una maldición hubiera caído sobre la pareja, la salud de Sofía se complicó. Pepa, su madre, le había hablado a Dolores de la siguiente manera:
- Tu hermana va a necesitar un trasplante de riñón. Sabemos que es un órgano muy difícil de conseguir: Sofi no va a poder esperar. Yo no soy compatible con la sangre de ella, si no lo haría con gusto –mintió.
- ¿Y qué hay de mi compatibilidad?
- Los médicos vieron tu ficha y dicen que es un milagro. Con tu donación, habría un noventa por ciento de probabilidades de que la operación sea exitosa.
- ¿Y yo?
- Los médicos dicen que saldrías en un mes de postoperatorio. Tendrías que hacer una dieta hipo proteica, pero, bueno… Habrías salvado a tu hermana.
- ¿Si no, se muere?
- Sí –respondió Pepa. Lloraba.
En el hospital, Dolores pidió que la dejaran a solas con Sofía, porque aún no estaba decidida del todo. Los siquiatras y el médico le habían explicado los detalles. Solo requerían su colaboración. Pasaron doce minutos y Dolores salió de diálisis con los ojos rojos.
- Se hace –dijo.
Las internaron en el momento. Cuando Víctor llegó, ya habían entrado a cirugía. Pepa le contó que iban en dos camillas, agarradas de las manos. Víctor había comprado un gran ramo de flores. La mujer estaba sensiblemente emocionada por el gesto. Víctor vio a otra señora con facha de tractorista, o de conductora de camión atmosférico. Pepa los presentó.
- Marisa… ¿Víctor, no?
- Sí.
Dolores le había hablado.
- ¿Te lastimaste el ojo? –preguntó Marisa.
- Mi hermano tuvo un accidente con un alambre –contestó él.
Era viernes. Pepa le pidió que se quedara a acompañarlas, porque estaban muy nerviosas.
- Tu novia es valiente –agregó, como si no se tratara de su hija.
Víctor se dispuso a quedarse hasta el lunes. No necesitaba ninguna otra cosa que no fuera estar allí. Ni ropa, ni dinero. Llamó por teléfono para que nos quedáramos tranquilos. Chiqui puso el grito en el cielo: ¡con todo lo que había para hacer! Ella no iba a dar a basto, y que se acordara de que Zulma ya no estaba más.
- ¿Quién va a cortar el pasto, transplantar el cerezo, pintar el garaje? Vení ya mismo, que tu pobre hermano todavía está convaleciente.
Víctor cortó. Por primera vez, pensó:
- Que se vaya a cagar.
Tenía diecisiete años y toda la razón del mundo.
Ian Wilmut, el clonador de la oveja famosa, lo había anticipado el 10 de febrero de 1999: “Es muy distinto a trabajar con un embrión que potencialmente es una persona, pero que no tiene conciencia de serlo, a producir un niño que sufrirá todas las consecuencias de ser el doble de otro ser humano”.
- ¿Qué pasará con los derechos de esas personas y las responsabilidades que la sociedad tiene para ellos? –acometían los detractores.
La única respuesta que Wilmut había encontrado era otra pregunta:
- ¿Cómo detenerlo?
Era imposible. El Registro Nacional de las Personas, institución insalubre por lo perimida, había puesto un máximo a la expedición de documentos por clonación: ocho. Salvo que fueran erres, ahí no había cupo. El número no dependía de nada que fuera científico, y únicamente sirvió para que Víctor perdiera un tiro a la ruleta. Los burócratas del Registro aconsejaban anotar a los hijos clones como clones. La impresión del dígito pulgar derecho era la misma y la foto idéntica, en el peor de los casos con edades distintas. Para ellos era algo sencillo, inclusive solían repetir huellas y fotos, acostumbrados a hacer todo bajo la ley del menor esfuerzo.
El problema, a lo sumo, lo tenía la policía. La Federal ya se había topado con el caso Morales. Los tres sospechosos tenían entrada en la Central, y eran unos calcos. ¿Quién de ellos había dejado sus huellas en el cadáver de Pedro Morales? Los testigos no servían. Los sospechosos se declararon inocentes. Los policías, confundidos, torturaron al hermano callado, mataron por la espalda en intento de fuga al que gritaba más y condenaron al del medio. El asesino apareció a los dos meses. No tenía ninguna relación con las huellas recolectadas.
Chiqui se apersonó a las once de la mañana en Mc Pollen Fritten, a exigir a Patrick la entrega de su hijo Víctor. Patrick y Mauro Sonrisa, disfrazados de payasos, estaban repartiendo golosinas a un grupo de niños carenciados. Contestaron que no sabían nada. Le entregaron un sobre que alguien había dejado para él. La letra era de Dolores, según palabras de Fernanda.
- ¿Quién es Dolores? –preguntó Chiqui.
- La novia de Víctor.
Chiqui fue a la policía: hizo la denuncia por secuestro de órganos, algo que estaba penado por la ley pero que nadie se atrevía a hacer, y se presentó en mi clínica en lugar de ir al hospital, acompañada por un suboficial. Abrió la puerta del consultorio como un huracán, cuando mis manos estaban tocando un privilegiado cuerpo de mujer, una clienta de treinta y cinco años que nunca estaba satisfecha con la educación que les daba a sus hijos clones, y siempre quería volver a intentarlo. Desde los veinticinco años que venía dando vueltas con lo mismo: ya tenía seis hijos. Después de cada parto, ella se sometía a una cirugía plástica que le servía para hacerse algunos retoques aquí o allí.
- ¡Te pesqué! –gritó Chiqui.
La clienta se vistió rápidamente. El suboficial se asomó detrás de Chiqui para no perderse ni un detalle del cuerpo semidesnudo. Después me quiso detener, acusado por Chiqui de haber tocado a mi paciente con la mano de acariciar más. Se la enseñé al suboficial, extendiendo los dedos. Él dijo:
- Lo que su marido tiene en la mano es un defecto, señora. No lo podemos arrestar por eso.
Los de seguridad los acompañaron a la salida. Chiqui llegó a casa y fue directo al botiquín. Se tomó dos Alplax con un vaso de orina –estaba en plena terapia alternativa-, para dormir el resto del fin de semana. Dejó el sobre para Víctor sobre la mesa de la cocina; Sergio entró y lo abrió. Si era para Víctor también era para él. Aunque, por las dudas, despegó el sobre con vapor. El horno no estaba para bollos. Leyó el poema de Dolores, buscó papel y lápiz y se puso a escribir. La maldad fue su musa. Hacia las cinco de la tarde, ya tenía lo siguiente:

“Me gustaba ese ojo
que miraba a su antojo.
El que te quedó es copia.
El otro ojo tenía… ¡voluntad propia!
Se notaba al mirarte la mirada
que ahora lleva tu hermano;
se notaba que era un ojo sano.
Uno de vidrio sería una cagada”.

Imitó la letra de Dolores.
La rima no era tan buena como la de ella, y eso que había tardado como cinco horas. En realidad, las únicas cosas que le gustaban del poema de Dolores eran la rima y la palabra tuerto del final. Aprovechó esa palabra para hacer otro:

“Tu visión implacable
se convirtió en mar muerto.
Y hoy todo el mundo dice:
¡Ahí va Víctor, el tuerto!”

Este poema no servía. Lo tachó. Ella no iba a ser tan cruel, de ninguna manera. También tachó en el anterior el verso completo que llevaba la palabra “cagada”, porque Dolores tampoco iba a ser capaz de escribir eso, y para poder sacar el otro verso tan horrible: “Se notaba al mirarte la mirada”. ¿Cómo hacía ella para rimar tan fácil? A los versos de Sergio siempre parecía que le sobraban letras.
El domingo se levantó más inspirado:

“¡Qué martirio!
Verte ayer con tus ojos hermosos
y verte hoy con un ojo de vidrio…

¡Qué delirio!
‘un Mc con queso, marche’,
y en la cara tener un puto parche”.

No, definitivamente se tenía que olvidar de las malas palabras. Y había que ver si a Víctor le alcanzaba, con su sueldo de Mc Pollen Fritten, para comprarse un ojo ortopédico. Si no, siempre le cabía la posibilidad de ponerse una bolita japonesa o un bolón de acero, onda Terminator. ¡Por lo que las mujeres lo iban a mirar!
Tenía que imitar más el estilo de Dolores, no solo la letra. Tenía que llegar al espíritu del asunto. Sergio se dio cuenta de que eso era visceral para el engaño, y corrigió trabajosamente el poema hasta convertirlo en el siguiente:

“¡Qué cosa tan rara!
Verte ayer con tus ojos tan bellos,
como si tu belleza dependiera de ellos…

¡Qué martirio!
Verte hoy con tu hueco en la cara
y mañana, tal vez, con un ojo de vidrio”.

Este era perfecto. Sergio Luis Borges. Ser poeta era fácil. Lo firmó con el nombre de ella, lo ensobró y dejó el sobre donde lo había encontrado.
Víctor leyó el poema el día lunes. Seguramente le dolió un poco, pero se imaginó lo que había pasado. Cuando se lo dijo a Dolores, en una de sus visitas al hospital, los dos rieron sin disimulo. Ella no demasiado, porque tenía los puntos y porque la que se reía, de las dos, era Sofi.
Aunque tampoco tuvo mucha oportunidad para reírse, porque antes de que se recuperaran del trasplante, los médicos informaron que Sofía había contraído leucemia mieloide, que es un cáncer de lento avance, pero fatal, de las células sanguíneas germinales. Había que hacerle quimioterapia. La leucemia, latente en el cuerpo de Sofi, se había desencadenado con la presencia de los medicamentos que le habían inyectado para que no rechazara el riñón. Había sido de un momento para el otro. Sofía tuvo que viajar de urgencia a la Capital.
- ¿Y no se puede hacer nada? –preguntó Víctor.
- Sí –dijo Dolores-. Un transplante de médula.
A Víctor se le vino el mundo abajo. Me vino a preguntar qué opinaba. Fui muy parco.
- Opino que lo tiene que hacer –dije.
- ¿Y es riesgoso?
- Es una operación –le contesté, para que no me siguiera preguntando.
Víctor estaba desorientado. Encontraba consuelo solo en Zulma, que lo aconsejaba en guaraní, mientras le acariciaba la cabeza.
Dolores regresó a Mc Pollen Fritten. Hablaba menos. Se había olvidado de escribir poesía. “Necesito que me pase algo bueno”, les dijo a todos, “algo fuerte, distinto”. Se movía por el local como una autómata. Sin paz.Tenía que decidirse pronto. Víctor no sabía cómo ayudarla

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Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

gesnil@gmail.com

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