Playa quemada

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La fe ciega

Auschwitz

El Corazón de Doli

La otra playa


1.18.2010

PLAYA QUEMADA

1
Mi departamento es un cuarto vacío, con apenas un colchón desparramado en el suelo, unas pocas cobijas, un teléfono y una ventana, por la que puedo contemplar la playa negra.
Tanto me hablaron de esa playa, de los que quedaron en pie, que todos los comentarios se me cruzan, y puedo imaginarme cosas aún peores de las que seguramente ocurrieron. Los rostros defor­mados de aquellos que se dieron cuenta que venía el magma e intentaron correr, y el fuego les congeló el momento. Miles de comentarios sin cara, voces de la desesperación surgiendo a través de este tubo que suena y suena; gritándome de los que no se dieron cuenta, de mi hermana que no se dio cuenta y siguió durmiendo plácidamente. La voz es un estertor desde el otro lado del cable.
- ¿Quién habla?
- Usted no me conoce. Soy un vecino de su madre; ahora estoy en el Morro, a cinco kilómetros del volcán. Alcanzo a ver la ventana de su departa­mento desde aquí. Llamé porque vi las per­sianas abiertas, y pensé que quizás ella pudiera...
- ¿Estar? No; viajé solo. Acabo de llegar.
Nuestras voces se detienen en el receptor, como en un acto mutuo de caridad. Su silencio es un vacío aden­tro de mi cabeza. Agrego, para disipar cualquier duda: "Vine a buscar a mi herma­na". El hombre parece compren­der. Carraspea, intranquilo.
- Quería prevenirlo de ese horror -dice.
- Tengo que verla.
- No vale la pena.
- Es mi hermana la que está allá.
- Fue su hermana. No vaya; no vale la pena. No su­frió, se le nota en la cara.
- Por qué no se habrá tirado al agua... -lo pienso y lo digo.
- Los que alcanzaron el agua murieron calcinados debajo de las olas.
Cuelgo el receptor. A través de la ventana abierta entra una ráfaga de olor a quemado. Carne quemada. Estoy sentado sobre el colchón y una náusea me sube hasta la boca. Cierro la venta­na golpeando los marcos, las persianas una contra la otra, co­rriendo las cortinas para no ver, no oler, no sentir. Como si me estuvie­ra cerrando yo mismo. Respiraré este aire viciado durante las próximas horas.
Mañana bajaré a la playa.


2
Es de día. Llevo puestas las botas altas por pre­caución, para suspender lo más posible el contacto de mis plantas con el suelo. Eso es lo que pensé. Dentro de un rato, el calor me licua­rá los pies.
Desciendo a través del descampado del oeste, a dos­cientos metros de donde comienzan los balnearios. Un manto de laca negra cubre toda la playa: la superfi­cie de la arena, las piedras, los arbustos de fijación, los bultos que se divisan a lo lejos. Es muy difícil de distinguir, desde aquí, alguna forma reconocible.
Estando en el departamento, en varias ocasiones me imaginé que sonaba el teléfono y era mi hermana. Decía que no me preocupara, porque no había pasado nada malo. Fue un deseo tan intenso que me alucinó, y me lancé a atenderla sin motivo, total­mente excitado. Mi cabeza a punto de estallar, aferrada al tubo mudo ("¿hay alguien ahí? ¿me estás oyendo, linda?"). Hablán­dole al escenario de una playa quemada.
Por lo pronto, esto no parece lava. Es otra cosa; algo que, superficial­mente, hace suponer que no hubo mediación del fuego. Se observa en cualquier piedra; en ésta: parece un vasito plásti­co de Coca, con sus bordes, relieves, todo igual pero fósil, tallado en la playa como una escultura. Tallado en esta gran roca que es la playa.
Las dos palmeras siguen paradas, simétricas, al pie del volcán. Trepo hacia ellas por una plataforma irregu­lar, con objetos saliéndole por todas partes (flores petrificadas, atados de cigarrillos arrugados y durísimos, más vasitos como el que acabo de describir, etc). La lista es innumerable: todo tipo de basura, pero negra. Llego transpirado y exhausto. Dos varas grises, secas, distantes casi cinco metros una de otra, enmarcan a lo lejos la boca del Morro. La misma capa de lava (ahora sé a qué me hace acordar: a un gran baño de chocolate impenetrable), cubre los troncos hasta el metro setenta y pico. Yo mido uno setenta y cuatro; estoy parado sobre las raíces salientes de uno de los árboles y la marca tiene más o menos mi altura.
Descubro al perro cuando me tropiezo con él, cami­nando de espaldas. Quería ubicarme en el centro justo de la línea de separación entre los troncos, pero el animal estaba allí. Una roca pequeña con la forma y el tamaño de un perro. Las orejas tiesas; el cuerpo levantándose de la arena; la cola avizora de peligro, a punto de meterse entre las patas; el hocico apenas enterrado, formando un triángulo de aire entre sus mandíbulas abiertas y el suelo. Buscando ente­rrarse, apretando las líneas de su cara en una escapatoria ridícula hacia adentro de la tierra; para quedar cubierto inmediatamente, muerto en un lapso de segundo por la lava, convertido en este nuevo objeto que ahora es.
A su derecha, como en un kitsch fatal, una radio a transisto­res con las antenas, las perillas, los parlantitos, toda recu­bierta de negro. Acerco mi oreja al receptor, porque me parece que un zumbido... Pura sugestión. Tengo que escuchar lo que este receptor está sintonizan­do. Hago el esfuerzo porque debo encon­trar una voz (por mi salud mental), una palabra, un sonido que no sea el de la brisa deslizándose desde lejos entre los recortes humanos. Algunos que, de tanto espanto, se alcanzan a ver llenos de puntas que provocan singulares silbidos al paso del viento.
Me habían avisado que iba a encontrar dos tipos de cuerpos. Eso lo sabía antes de salir. Aquellos que la catástrofe sorpren­dió distraídos, durmiendo o concen­trados en sus propias ideas. Lejos de darse cuenta de algo, recogieron sus sonrisas, chuparon de sus mates por última vez, respiraron hondo y quedaron fotogra­fiados para siempre en estos bronces mustios. Y los otros, los que se dieron vuelta. Los que vieron la lava. Los que supieron del terror de la muerte. A esos advertidos, los gestos se les volvieron verrugas y cánceres inmediatos, los cuerpos se les retorcieron y se les crisparon los miembros, agazapados, prepara­dos para correr, corriendo, arrojándose a la nada desde el infierno. Esos guar­daban gritos mudos y rictus que los desfigura­ban para siempre, que ya los daban por muertos en el instante antes de morirse, con la lujuria y el encanto sádico del fuego. Los estoy viendo, y ahora comprendo el consejo que me diera el vecino de mi madre: "volver la cara". Necesariamente hay que volver la cara.
No tengo fuerzas para nada, ni ganas. Pasear por esta gale­ría de quietos me provoca una tensión parali­zante, como prove­niente de otro estado de los sentidos. Con las ideas lavadas y la cabeza en blanco. Estoy flotando entre ellos. Todo lo contrario a la energía que despide aquel señor que alcanzo a ver mo­viéndose desde aquí; tan ocupado gritando, abrazando a su hijo quemado. La imagen suena desespe­rante, pero no consigue alte­rarme, porque voy suspendido por mis nervios. Colgado.
Lo miro. Desde acá (estoy a diez metros de ellos), el hombre parece llorar. El sol hace brillar las gotas sobre su ros­tro. Me voy acercando. El muchacho habría sido sorprendido huyen­do hacia el mar ("dales vuelta la cara; no vale la pena ver lo que sufrieron; esto ya no tiene remedio") y aparecía inclinado en un ángulo demasiado agudo, con los brazos abiertos y las manos vueltas dos garras, y las cuencas y la boca tam­bién abierta. Sin ojos. Lo veo cada vez con más deta­lles. El hombre se aferra a aquel cuerpo aprovechando el abrazo de la desesperación, perdido en el aire entre esos dos brazos como mástiles. Quizás piense que lo abraza a él, en una lógica sin piedad, y esté tratando de completar el cuadro. Esta sola idea me parece tan cruel, que tengo ganas de decirle que lo suelte, que no se desespere. La luz del sol hace brillar su cara como un espejo. Los pies me están hirviendo de calor, adentro de las botas. Me quito la camisa para atármela a modo de turbante. Mi propio rostro, mis manos y mi torso desnudo están tapizados por una leve capa de sudor que brota sin interrupción de mis poros. Así, yo tam­bién aparezco cubierto, como ellos lo están de lava sólida. La dife­rencia es que el sudor me sale constantemente de la piel, y esto se ve tan estático. Tan muerto.
El hombre me está mirando. Tiene la remera empapada, pegada al cuerpo. "¿Va a ayudarme?", pregunta, y la sorpresa me deja perplejo. ¡Hace tanto que no veía pronunciar una palabra! Oí los mensajes del teléfono; vi estos gritos del silencio aquí en la playa; pero no una voz surgiendo de una garganta, de una boca humana. Me quedo tieso en el lugar, sin saber exactamen­te qué responderle.
- ¿Cómo, señor?
Me da terror que no me explique; que vuelva a abrazar a su hijo como si nada. El tono de su voz había sido una especie de repro­che agresivo; y este abrazo tan violento de ahora, tan distante de la imagen viva de luto que contemplé al llegar... Además, aquello que desde lejos confundí con lágrimas bri­llantes, no es otra cosa que transpira­ción espesa, sucia, de cansancio. Acabo de comprenderlo: sólo quiere llevárselo de aquí. Esa resigna­ción fría debería actuar en mí como una secreta espe­ranza, un deseo de comportamiento para cuando encuentre a mi hermana.
Una gaviota vuela sobre nosotros. La veo dibujar sus círcu­los de aire. Ese pájaro puede haber volado el día de la erupción. "Ayudame a buscarla, pico ganchudo". Una gaviota desplegada entre vapores de gas. ¿Vapores tóxicos? "Quiá", hace, para saludarnos, moviendo la cabeza. No habría podido resistir un vuelo tan rasan­te (quizás venga de otros lugares sin volcanes). Usando el brazo derecho como visera, le guiño un ojo que ella no alcanza a ver.
- ¿Me da una mano? O me ayuda, o se va.
- ¿Qué?
- Decídase de una vez. Tiene toda la playa para pasear.
Está molesto. Me debo haber rubori­zado, porque me arde la cara.
- No entiendo qué quiere que haga.
Él mueve la cabeza en una negación fastidiosa.
- Ponga sus dos manos abiertas sobre la espalda de mi muchacho. No, más arriba, a la altura de los omóplatos. ¿Sabe lo que son los omóplatos?
- Claro.
- Ahora empuje. Cuando yo se lo diga.
Rodea con sus brazos la cintura del joven.
- Ya. Con fuerza. Así...
Hace TRACT y se me escapa de las manos. El hombre trastabi­lla hasta caer de espaldas, con tal mala suerte que un brazo de "su muchacho" choca contra el vientre abultado de un viejo sentado al costa­do de su sombrilla. Un vientre como una pared de hierro. El brazo se deshace con un sonido de porcelana rota. Después vuelve un corto silencio, inmediatamente interrum­pido por el llanto del hombre. No sé qué pasó, porque cerré los ojos para no sentir ese momento de cristales rompién­dose, y ahora que los abro el hombre está lloran­do, aferrado a dos objetos que quedaron allí, como bases de dos columnas peque­ñas. Le apoyo una mano sobre la cabeza y él se mueve hacia atrás, descubriendo los pies de su muchacho cementados al piso. Defini­tivamente parte de la playa, parte del todo de lava. Abandonados aquí con sus corazones de hueso parti­do, sus pulpas de pantorri­lla inmóvil y sus pieles de roca.
La repugnancia me tapa los ojos. Un sabor amargo trepa desde mi estóma­go, y tengo que girar sobre mi cuerpo por la sensación de vómito que me viene a la boca. El sol describe una sombra de un color negro intenso, que es como uno de estos seres pero móvil, girando. Me dan ganas de gritar por ellos, que también son sombras. Con gestos, con caras y sombras en la cara. Como un cementerio de momias. Mudas. Y ahora estoy quieto yo también, mudo también, helado, porque acabo de encon­trar a mi hermana.


Está sentada en una de las reposeras que entregaban en el balnea­rio. Le veo medio perfil, desde atrás, y estoy seguro de que es ella. Siempre nos robá­bamos las reposeras y las sillas de otras carpas; quiero llegar inmediatamente hasta su cuerpo y por eso corro, y otra vez me sorprende mi sombra moviéndose. Loca por irse a casa, loca por no quedarse entre esta maldición, loca por creer que el silencio le llegará de un momento a otro, por pen­sar, preguntándose "¿dejaré de correr?". Igual que mi hermana en su reposera, durmiendo el sueño de las piedras.
Esa no puede ser su cara. Me habían asegurado una expre­sión de calma, una ausencia de sufrimiento. Y no esta boca dolo­rida, este hueco inmenso, la tirantez de las arrugas estirando una máscara de odio. El único atisbo de tranquilidad lo dan sus manos entrelazadas, porque sus piecitos han sido descubiertos por el volcán en mitad de un movimiento de acomodación de postura, y parecen dos cuervos peleando. La boca es el centro del espanto: abierta a más no poder y llamando a alguien, llamándome en su idioma. ¿Debería soportarlo, entenderlo, acep­tarla gritando? Esta visión es una contractura en mi cabeza, en mi puño cerrado penetrando adentro de su boca de muelas negras y lengua seca. Estoy agarrado a su grito. Bajo la forma de un alarido de dolor llega mi voz, en una compulsión liberadora. Mi garganta sigue en pie, caliente. La escucho latir.


Con la pesadez de una bandera mojada, caigo sobre la playa. Estoy agotado. Te amo, hermana. Amo a aquella que fuiste. A la que vine a rescatar de la explosión del Morro. Aquí me ves. Demasiado tarde para todo. La tela de la reposera es una super­ficie laminar de medio centíme­tro de espe­sor, de la misma textura y fragilidad que el resto de la playa. Lo sé porque la veo partirse ante la mínima presión que hago; con la consis­tencia de una madera balsa y la apariencia, en el recorte, de un sandwich de tela entre dos bandas de lava.
Pasa el hombre llevando a su muchacho cargado sobre los hombros. Mira hacia donde estoy tendido y hace una pequeña sonrisa a modo de saludo. No parece pesarle demasiado. Me paro. Anclado sobre mis piernas abiertas, doblo la cintura. Tengo que sacar a mi hermana de aquí. Es una verdadera suerte el hecho de que sus pies estén en el aire, el derecho parcialmente apoyado sobre la tela de la reposera, y que sólo las patas de madera lleguen al piso. Con poco esfuerzo voy arrancándolas una a una. Pedazos desiguales de las cuatro patas quedarán para siempre clavados a la playa.
"Quiá", me avisa la gaviota. "Ya sé", le digo. "Puedo imagi­narme lo que vendrá". Sin embargo, continua­ré arrastrando su cuerpo y la reposera hasta llegar al departamento. "Gracias, te entendí, pero tengo la mente ida".


3.
Desde que comencé a subirla por la playa, supe que tendría dificultades para apoyar correctamente la repo­sera sobre el parquet del departamento. Las patas habían quedado mal cortadas; eso hacía imposible cualquier tipo de equilibrio más o menos estable. Al principio se me ocurrió suplementar las diferencias con tacos de madera y monedas. Desistí; coloqué a mi hermana recos­tada en el colchón. Cuando llegó la noche, tuve que emparejar los apoyos y asegurar la planta de su pie izquierdo -antes en el aire, ahora bastante cerca del parquet- sobre la cabecera. Yo debía pasar la noche junto a su cuerpo, en esa cama improvisada. Acomodé la almoha­da. Dormí aferrado a su pie.
Durante esa noche me moví mucho; me di cuenta en un momento en el que estaba despierto, y mis manos ya no la abrazaban. Su posición era ilógica: de milagro no se había caído al suelo. Eran las 4:30 de la madrugada. La luna llena volcaba, desde la venta­na, una claridad blanca que recortaba su figura como la de un fantasma. Encendí la luz. Las manos entrela­za­das le daban un indicio de la tranquilidad de la que había hablado el amigo de mi madre; pero ese rostro, Dios. Ese alarido. Decidí reubicarla apoyándola sobre el costado de la reposera, de tal modo que su cabeza queda­ra junto a la mía, sobre la almohada. Apagué la luz y me acosté. Su boca me hablaba, en secreto, un silencio de lápi­das. Ya estábamos bien. Cerré los ojos e inme­diata­mente tuve un sueño, que más que sueño fue un recuerdo de cuando era chico, y mi madre -de siete u ocho meses de embarazo- tomó mi mano para que sintiera a mi hermana. La puso sobre su vientre. A mí me pareció una pavada.
- ¿Ves cómo se mueve? -dijo.
Yo no podía darme cuenta.
- ¿Se mueve?
- ¡Claro! ¿No la sentís?
Había algo, sí. Aunque eso no era moverse. Para moverse había que subir a los árboles, correr, aullar extendiendo los gestos de la cara por los cami­nos. "Moverse" era lo que yo hacía constantemente; no ese latido, ese signo de la quietud. Mi madre se dio cuenta.
- Es otra manera de jugar que tienen los bebés cuando son muy, pero muy chiquititos -dijo-. Cambian de posición adentro de la pelota llena de agua de la panza. Es otra forma.
Me dio tanta impresión que salí disparado hacia el parque. ¿Esa bomba redonda podía explotar en cualquier momento, con sus latidos de reloj? Ah, hermana. Ahora negra de oscuridades, de noches negras en la playa, con tu cara pegada a la mía y mis ojos descendiendo en tus cuencas profundas. De piedra. Quién sabe adónde llega mi mirada. Quién sabe si podré sopor­tar otro día el horror de dormir junto a esta imagen de la catás­trofe. Quién sabe si no debería haberte dejado soñando los flashes de tus arenas muertas. En la galería de estatuas del Morro; que ahora observo de lejos, sabiendo qué son esos recortes de sombras que la luz de la noche despierta sobre la orilla. Lo sé porque tengo uno ence­rrado conmigo, aquí en la pieza. Prometí rescatar a mi hermana y la tengo. Aunque no sepa por cuánto tiempo, ni qué será de la vida nuestra.



No descansé un solo segundo, abordado por una variedad increíble de pensamientos y preguntas. ¿Cómo convivir con esta escultura a la que tanto había amado en vida, recordándome todo el tiempo "fui tu hermana, tu hermani­ta"? Debería regresar­la ya mismo. O cualquier día. Mañana. Paso las yemas de mis dedos por la superficie lustrada de sus ropas, de su cuerpo. Supongamos que la dejo aquí, que cierro la puerta y me voy. Des­pués, a la vuelta... ¿Qué pasará a la vuelta? Cuando deba abrir otra vez esta puerta y encon­trar a mi hermana acostada en su reposera de piedra, toda ella de piedra volcánica; como encuentro mi col­chón, el teléfono o la ventana. Cada año que viene. ¿Podré soportar eso? Suena el telé­fono. Una voz lejana, torpe, ha equi­vocado la llamada. Ayer mismo, dos o tres timbrazos me hubieran movido las entrañas; hoy, sin embargo, soporto con mayor tranquilidad cualquier episodio inesperado, porque me ata una mujer quieta desde el piso. Me enfría; no deja que me desespere, que me mueva. Endurece mis múscu­los, mis gestos. Quizás deba convertirme en otro pasaje­ro de la playa (¿qué estoy diciendo, en qué estoy pen­sando?).
Llaman por teléfono.


Ahora la ubiqué igual que al principio, con una patita de madera -la más corta- y el pie izquierdo de ella sobre el col­chón; pero en lugar de estar contra la pared, ocupa el centro del cuarto. Y le doy vueltas alrededor porque creo haber notado algo. En parte del recorrido piso las cobijas, y ese es el instante de máxima reflexión, porque la reposera, vista desde los pies -estoy parado sobre el colchón, dando peque­ños saltos para mover­la- cobra un temblequeo que revive las líneas de su cuerpo. Todas estas ideas surgieron de la llamada que atendí después de dos o tres equivocados. Era el amigo de mi madre, comunicándose desde larga distan­cia. Le comenté lo de mi hermana y él me preguntó si había pensado algo. Contesté que no, pero que ya pensa­ría. Y que, por el momento, no había salido del quietis­mo que me producía verla transfor­mada en esto que ahora estaba a dos pasos del teléfono. Que no podía aguantar la expresión de su cara y que, en un principio, había pensado tapársela con una sábana. Pero el sólo saber que ahí abajo existía esa mueca, me produ­cía más pánico. Él me dijo que no podía ser, porque la había recono­ci­do en su vuelo al Morro, a dos días de la erup­ción, y era uno de esos cadáve­res beatíficos. Agre­gó: "de los que no se dieron cuenta". Yo supuse que se habría equivocado y él dijo que sí, que podía ser, pero me recomendó que la observara.
- ¿Por qué? -pregunté.
- Hay gente que vio cosas.
- ¿Qué cosas?
Su silencio me llegaba como una extensión del silencio de afuera.
- No sé; cosas raras. Cambios.


Acabo de dibujar sus manos, porque me pareció haberle visto los dedos más entrelazados que ahora. Compré lápices y papeles; sembré el piso del departamen­to con papeles fechados. Creo que ayer sus manos se veían más hundidas una adentro de la otra, apretándose sólidamente. Mejor dicho: no es un recuerdo de ayer, sino tal vez del día en que la recogí de la playa. El papel tiene por título la fecha de hoy: 22 de julio del año del Morro, y la hora: 14:45. Desconecté el teléfono para que nadie pudiera inte­rrumpirnos.


Los pies, sí. Es el gesto más evidente. Hace tres semanas que estoy dibujando; toda esa pila de papeles no me muestra nada, porque lo que supongo un pequeño cambio quizás sea una imperfección de trazos, una cabal muestra de mi estupidez como dibujante. Si fueran fotos, claro. Pero me fijé en los pies y estoy seguro. Cuando me paré sobre el colchón, a saltar, una de las plantas de ella rozaba la superficie de la tela, y esto me llevó a suponer que podía romperse un pie, como había visto pulverizarse la mano acristalada de aquel muchacho en la playa. Hoy, día 12 de agosto -creo que viernes o sábado- he saltado con ganas sobre el colchón y sus pies permanecen en el aire. No tocan la tela. Repito la experiencia porque me parece el descu­brimiento más importante que ha visto este departamento. Comencé a dibujar los pies en sus posiciones relativas, tomando medidas gráficas con marcas en los papeles, de distancia hacia los costados de la reposera y distancias al piso. Creo que pasaré sin dormir los próximos dos o tres días, hasta terminar con el trabajo.
Mi hermana se está moviendo.


Miércoles 16 de agosto.
Volví a conectar el teléfono. Estoy preso adentro del espan­to. Apretado contra la ventana de persianas abiertas, los dientes me castañetean como si tuviera fiebre. No puedo ver ese rostro. Todos los papeles están tirados. ¿Habré enloquecido? Durante más de un mes tomé medidas de sus manos y sus pies y ayer a la noche, casi sin luz, por segunda vez reparé en su cara. Un hielo me recorrió todo el cuerpo. Ahora estoy de espaldas a ella y quiero oír una voz, infructuosamente, en mi teléfono. No funciona. Tiro del cable. La fiebre mía es la que no se anima a enfrentar la cara de mi hermana. Puedo afirmarlo: cambió. Su expresión ha cambiado. Lo que era un grito de horror quedó conver­tido en una letra muda, tratando de decirme algo. Es una foto de alguien que habla. Tardó más de un mes en hacer ese movimiento, pero lo hizo. Y mi teléfono sin voz.


Martes 29 de agosto.
Decidí escribir las modificaciones en un diario. Estoy seguro de lo que digo: mi hermana no sólo está viva -se mueve- sino que, además, trata de comunicarse conmigo. Esa es la gran conclusión. Los rasgos de su cara toman poco a poco la expresión de otra letra o de un signo (es difícil de explicar). Me conseguí un espejo en la calle y traté de representar muy despacio las letras del alfabeto, para descifrar ese movimiento de labios. Ni qué decir que mi expresión también había cambiado. Absolutamente sucio, lleno de pliegues en la cara, y barritos, y pelos. Los pliegues son de las arrugas, por haber manteni­do mi cara demasia­do tiempo en tensión. ¡Yo mismo era otra persona! Bravo, hermana mía. Hay que brindar con este anís. Sólo que yo puedo terminarme la botella en el lapso en que vos tardarías en rozar la copa con los dedos.


Miércoles 30 de agosto; 22 hs.
Me despierto de la borrachera. Una puntada atroz me perfora las sienes. Creo que hoy no escribiré más que algo técnico que se me ocurrió. La letra que ella quiere articular, ¿será una "m", una "s" o una "n"? ¿Cuál de todas? La botella de anís está vacía. ¿Tardará un mes, dos, tres, en hablar una puta palabra? No deberé ser tan ansioso, me digo. Mejor emborracharse y esperar, seguir su movimiento modificando el mío propio. Suavizando mis propias relaciones. Nunca me había tocado comunicarme con alguien así, tan serenamen­te. Deberé relajarme, aunque la paciencia no sea mi fuerte. Aprenderé a ser paciente.
Suena el teléfono. Atiendo. Alguien me habla, pero casi no puedo descifrar sus palabras; vaya más despacio, me dan ganas de decirle, y cuando estoy a punto de reaccionar, él ha cortado.


Lunes 2 de octubre.
Estoy entendiéndome con mi hermana. La dificultad para discernir las palabras que su voz no alcanza a ejecutar es tan grande, que se me ocurrió que podía escribirme el mensaje en un papel. Se lo dije muy despa­cio, alargando mucho los sonidos para que comprendiera. Me pasaba lo mismo que a ella: al extender demasiado una sílaba cualquiera por un rato largo, lentamente, se pierde la fonética y queda nada más que una mímica absurda. Empezaba a darme cuenta de eso. Dibujé mi rostro comunicando cada una de las letras del mensaje; colgué el espejo a la altura de mi cara para observarme y pegué aquellos dibujos en la pared. ¿Ella me percibiría desde el fondo de aquellos dos pozos negros? ¿Mi hermana estaba sin ojos, o tal vez con los ojos hundidos por la diferencia de espesores entre la lava de los pómulos y la de la fren­te? Lo que iba a comunicarle era: "Por favor, escribí las cosas que me quieras decir". Le puse el lápiz entre los dedos (tardó una semana y media en agarrarlo correc­ta­mente), y un papel enorme. Al final pulí mi propio dis­curso, como quien escribe un telegrama, lle­gando a reducirlo a una palabra:

E S C R I B I L O

Colgué el jeroglífico sobre la pared, con los dibujos de la pronunciación de las letras en la forma de mi boca. Eran 16 dibujos (los había separado en grupos de uno, dos o tres carte­les, según las letras). Después de reflexionar me dije "es una idiotez. Si puede ver estos mamarrachos, podrá leer la palabra completa"; e inmediatamente hice un cartel. Pero como no quería jugarme por entero a lo visual, me senté delante suyo en el colchón y estuve, para decir cada letra, aproximadamente tres horas (procurando mantener un volumen audible al recitar las sílabas, lo que me costó muchísi­mo). Al tercer día había repetido dos veces el mensaje. Estaba exhausto. Después, mientras des­can­saba, me di cuenta de que quizás ella tampoco pudiera captar el tono de mi voz, por ser demasia­do acelerado. Volví a escribir un cartel más grande que el anterior; una letra por hoja, en el reverso de los vagos dibujos de mi cara. Sin propo­nérme­lo -y ésto es un signo de que mis propias acciones se habían demorado- tardé más de un día en escribir ese único mensaje y ordenar las hojas en el parquet.
El teléfono comenzó a sonar, pero al cabo de un rato los impacientes del otro lado de la línea cortaban la comunicación, sin darme tiempo de aproximar­me al receptor.


19 ó 20 de octubre.
Debo admitir que estoy contento con mi nueva forma de sentir el tiempo. De pronto, este cuarto que hace bastante fue una celda, ahora es una extensión que vale la pena recorrer. Aunque no haya nada; uno puede disfru­tar caminándo­lo.
Con mi hermana, cada vez nos entendemos mejor. Se podría decir que hay un diálogo de gestos, y que hay motivos para este diálogo, porque estamos compartiendo cosas que a simple vista pueden parecer ínfimas, pero para nosotros son importantes. Una succión de aire, por ejemplo (respiro hondo). He dejado de hacer todas las otras cosas: escribir el diario; atender el teléfo­no, que apenas puedo oír sonar y es un ruido elástico que no vale la pena. Perdí -¿cuándo, dónde?- la ropa. Estoy desnudo. Desde ayer a la tarde, mi pie derecho roza el muslo de ella. El contac­to cubre una zona pequeña de piel, pero un calor intenso va creciendo desde allí y me llenará el cuerpo en alguno de los próximos días. Las sensaciones, por el sólo hecho de ocurrir más despacio, son más intensas y duraderas. Nunca pensé que podía ser así. Ella escribe, con el lápiz, su palabra. Hasta ahora leo "FOI", pero la última letra está, al parecer, sin terminar. Despunta en "M" o "N". ¿Se dará cuenta de que la estoy tocando? ¿Disfrutará también este instante de horas como lo disfruto yo?


Miércoles 12 de diciembre.
Ella terminó de escribir su palabra. Tardé mucho en leerla; pero, al terminar, me di cuenta de que estaba recobran­do el movimiento que había perdido. La palabra era "FONDO", a la que después seguía una línea y un punto. Dejó caer el lápiz. Esto marcaba el final definitivo, y actuó en mi persona como un acelerador de acciones. Junté los papeles velozmente (aunque todavía no llegaba a moverme en un tiempo normal: controlé el récord del día para ir desde el colchón hasta el teléfono y es de 1 hora con 22 minutos). No obstante, me noto rápido, y retomé la escritura del diario. Siento la llegada de la normali­dad como un barco que se arrima a la costa. ¿FONDO? ¿Fondo de qué cosa? Este pensamiento me llevó dos días enteros. Mi hermana era, otra vez, una estatua inmóvil.
Parado frente a la ventana pude ver una muchedumbre de colores detenida entre aquellos sectores de la playa de lava. "¡FONDO DEL MAR!", grité. La normalidad en la que estaba entran­do, todavía no me permitía escu­char mi propio grito; que salió mudo, para nadie.
En la playa había pasado algo anormal. Me vestí para salir.


4
Tardé un tiempo considerable en llegar a la orilla. Lo supe porque después de cambiarme había oscurecido -salí de mi edificio envuelto en penumbras- y, cuando pisé la entrada del balneario, los turistas estaban reunidos ante la luz del amanecer.
Fui viendo todo como si lo pasaran en diapositi­vas, porque me detuve a pensar cada imagen. ¡Cómo había cambiado este lugar desde... julio! La gente se arropaba en sus sacones; cuando empecé a sentir el frío, cerca de las nueve de la mañana, el sol había empezado a calentar el piso de piedra. Las mujeres se descalzaron buscando ese calor bajo las plantas de los pies. Poco a poco, la playa se fue llenando. Traían cámaras y, en un momento dado, aplaudieron a rabiar. Entonces escuchamos una zambulli­da pesada y después el silencio. Otra vez me detuve a pensar en lo que mis ojos veían. Voy a describir esa primera imagen que sufrí mientras trataba de arrimarme a la orilla:
Las estatuas, aquellas quietas, negras, estaban de pie. El movimiento había sido general, no tan sólo de mi hermana en el departamento, sino de todos; y sus caras, antes una síntesis del espanto, ahora lucían sonrisas orgullosas y petrificadas. Habían tardado cinco meses y medio en levantarse de los lugares y cami­nar hacia la orilla. ¡Una trayectoria de tan pocos metros distri­buida en tantas semanas! Todo como si avanzaran con seguridad, dueños de la verdad. Sal­vándose.
Un lánguido sentimiento de celos me invadió. Compren­dí que mi hermana seguía relacio­nada, secretamente, con este sistema que en un instante de mi espera -¿un sólo segundo, tal vez?- yo había empezado a compartir. Pero: ¿cuál era el riesgo de ese entendimiento? ¿Qué había que dar a cambio para tener la felicidad así, clavada para siempre en el rostro? Me pregunté si yo podría, en algún momento, ser parte de la segu­ridad de mi hermana y de los demás cuerpos, con una claridad y una decisión tan aplas­tante como la de ellos. Saben lo que hacen. Lo leo en sus facciones. No como estos turis­tas, que ni se preguntan, ni nada. Suben las cámaras que les cuelgan de los cuellos; click, sacan la foto. Todos en círculo, apuntando con sus lentes.
Me acerco otro poco, para comprender más. Es la segunda postal de hoy. No me sorprende (ya nada puede sorprenderme). Los cuerpos de piedra están detenidos contra el cordón de lava que, a modo de barranca, separa el movi­miento del agua en la orilla de la serenidad aparen­te de esta playa. Tardaron meses en apretarse, en llegar a este lugar. Y ella, pobrecita, encerrada por mi culpa en un departa­mento que no le pertenece, que ya ha dejado de ser su mundo (y a lo mejor el mío también); víctima de un capricho ajeno, humano... Debo devolverla a su entorno. Ella es de la playa, de donde no tendría que haber salido nunca. ¡Cuánto dolor incomprendido el tuyo, mi linda, mientras yo me preocupaba sola­mente por mis descubrimientos! Todo este egoísmo me cubre como una capa gris.
Una chispa de tristeza se enciende en mí, y muevo las manos buscándome los ojos. No quiero ver, pero quiero. Siempre es así el instante de la revelación de algo cierto. Y quiero recuperar el ritmo de los otros, y eso es lo que se ha encendido. Quiero arrimarme entre los turistas y lo estoy hacien­do. Debo llegar a la orilla como ellos, y lo hago. Aquí, al lado de esta talla viva que se asomó al mar hace... ¿cuánto? ¿Cuánto tiempo le habrá llevado incli­narse sobre esta barranqui­ta? Tiene un pie en el aire, y el otro apoyado en dos dedos. El cuerpo tan, pero tan inclinado hacia delante (se diría un ángulo de unos 45 grados entre su columna vertebral y la vertical) que no comprendo cómo hace para mantener el equilibrio. Para no caer al agua. Y cómo es ese pie, que resiste tanta fuerza sin quebrar­se, cuando sus figuras eran tan frági­les (me viene a la mente el recuerdo de los tobillos partidos).
Los turistas comenzaron a aplaudir, y yo supe que algo estaba por pasar. Cada vez aplaudiendo más rápido (a mí me dieron ganas, pero no pude). También había otros cuerpos que parecían árboles secos a punto de caer, inclinados en ángulos diversos. Los aplausos comen­za­ron a apurarse. El ritmo era creciente y sonaba a redoble de tambor. El inclinado, con una expresión pacífica en la cara, había desplegado otro dedo, y ahora el equilibrio era increíble. "Es tan inestable que no puede ser", dije. Todos apuntaron con sus cámaras. Click, click, click. El incli­na­do cayó, casi en cámara lenta, sobre el agua de la orilla. Zambulléndose en las arenas del fondo. Me sobresalté. Los turistas comenzaron a dis­persarse, tal vez buscando otro espectáculo de aquellos.
Me arrodillé a los pies del mar. No quedaba rastro alguno de ese hombre, como si se hubiera fundido con la arena mojada. Metí ambos pies en el agua, queriendo encontrar un fondo quizás barro­so, quizás fácil de penetrar. Ese hombre ya era sustancia marina. Como antes fue playa. Como mi hermana, que tiene que regresar a este lugar porque también es playa, con una sonrisa de ésas dibujada en el rostro. En nuestros rostros. Estas sonrisas que dan ganas de llegar, que son ciertas de tanto gozo, que revierten los ánimos, que animan los espíritus caídos. Que trastocan el movi­miento, el mío propio otra vez, tanto que para salir del agua y colocarme de frente al mar no sé cuánto tardo -¿horas, siglos?- y ahora que lo veo de nuevo quiero llegar al fondo, tocarlo, fundirme, ser ese fondo. Vivir en comunión permanente con él. Por eso voy dejándome caer y es una suspensión parcial de la gravedad, la mía, porque aunque mi cuerpo inclinado se acerque al agua nunca, aparen­temente, llegará a mojarse. Una caída paso a paso, leída en secuencias lentas. Proyec­tando los mismos fotogramas duran­te horas: yo tirándome al agua. La gente pone su asom­bro y sus clicks, mientras mi cuerpo de barro se desgaja abriendo un corte en la superficie lisa del líquido; y mis pies, y los dedos de mis pies un milímetro pegados a la barranca de lava de la orilla. Medio milímetro, menos de medio, nada; el día explota en brillos de gotas y salpicaduras que son diamantes expuestos a la luz del sol. Pero me estrello como un ser humano normal, como cualquie­ra. Como esos que me miran gozando, riéndo­se, vestidos con sus disfraces chillones de ciudad, con sus caras rosadas disfrutando de la visión de mi cara roja, mi nariz roja, partida contra el fondo, en sangre brotando entre mis dedos cuando la vergüenza me la tapa. Sentado en esta orilla, mojado y ridículo. Como uno de afuera. Una visita.
Como alguien que todavía no merece entrar en esta tierra.

Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

gesnil@gmail.com

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