Playa quemada

La flor azteca

Los monstruos del Riachuelo

El amor enfermo

Marvin

Auschwitz

Adiós, Bob

Playa quemada

La fe ciega

Auschwitz

El Corazón de Doli

La otra playa


7.14.2017

ENTERRAR A LOS HIJOS

Me llamo María Rosa, nací y vivo en Ciudad Oculta. Tengo cuatro hijos, una mamá, un hermano. Y una especie de cartel que me cuelga del cuello. Me llaman “la madre del paco”. Aunque no estoy de acuerdo. Al paco no lo parí: yo parí un hijo que está en problemas por fumar basura.
La droga llegó al barrio en el 2001. De ahí en adelante nuestra vida fue un desastre. La memoria es como un pelotero en el que todo se mezcla. Trato de recordar. Mi hijo se enganchó y llegó a pesar 46 kilos, con un metro setenta y cinco de altura. No comía, no tomaba líquido. Caminaba doblado como un anciano. Tenía los pies llenos de ampollas. Otros chicos se parecían a él: todos se parecían con todos. Nosotras, las madres, también nos parecíamos. Y empezamos a luchar. A golpear puertas para internarlos. A ver cómo nadie respondía. A sacarlos del barrio bajo cualquier pretexto –yo mandaba a mi nene a La Pampa, con la abuela- y a ver cómo al regresar volvían a reventarse en pocos días.
Nos desesperamos. Ese miedo nos ayudó a expandirnos y formamos una red de madres de todas las provincias de la Argentina. Marchamos en Buenos Aires, Goya,  Salta y Córdoba. Nos golpeamos contra el poder político y contra la misma ley: hoy no se puede internar a un pibe de nueve años sin su consentimiento. Si el pibe no acepta quedar internado, la ley manda “privación ilegítima de la libertad” y nos trata, a las que intentábamos ayudarlo, como si lo hubiéramos secuestrado.
Acá estamos solas de todo.
Acá, si no cortás una avenida, estás muerta. O enterrás a tus hijos

Suena la cumbia, de fondo. La cumbia, en la villa, es el fondo de todas las cosas. En la marcha también. La señora es triste, tiene cara de triste. Tiene puesta una remera roja muy gastada, y jeans bastante nuevos. Huele a ajo y a transpiración. Le pasan un mate que viene cebado de hace rato, por lo lavado que está. Lo mira: los palitos flotan en la superficie del agua. También ve que no se ha cambiado las ojotas, que salió así nomás. Le agrega  al mate una cucharada de azúcar y en el camino desde la azucarera hasta la calabaza se le cae la mitad. El brazo le tiembla. Los pocos hombres que hay en la ruta tienen olor a tabaco o a alcohol. Hace calor. La cumbia parece que lo acrecentara. Hay unas treinta personas, pero van a venir más con los carteles y dos neumáticos para quemar, le dice un hombre a la mujer. Es su hermano. Ella le pide el trapito negro para atarse a la cabeza. “El pañuelo”, corrige él. Se lo pasa.

Jeremías nació en el año 86. Cuando cumplió seis meses, nos mudamos a San Justo. Me habían ofrecido cuidar una fábrica como casera, y vivíamos y trabajábamos ahí. El papá, los chicos y yo.  Los dueños de la fábrica eran tíos, por eso el ambiente era familiar. Jeremías se crió en medio del personal. Fue a jardín privado, porque lo pagaban ellos. Hizo hasta tercer grado en San Justo.
Cuando la fábrica quebró, nos mudamos a la villa de Isidro Casanova, donde no nos conocían y nos hicieron pagar el derecho de piso. Un 23 de diciembre nos robaron todo y casi lo matan al papá. No me olvido nunca. Tras que la vida es difícil, te pasa eso.
Soy una mujer golpeada. El padre de Jeremías me pegaba por cualquier cosa. De repente estaba lo más bien, y le salía la violencia. Me acuerdo que una vez me dio en la cara. La nariz me sangraba. Jeremías vio todo y se le colgó de la pierna para que no siguiera. Pero él siguió, hasta que me cansé. Le dije que me iba a comprar cigarrillos y me fui para siempre, con los chicos. Tomé un taxi en la ruta y me volví a Ciudad Oculta, descalza como estaba.

 Ella se mira los pies. Quizás sienta que las ojotas le quitan seriedad o bravura. “Mayra”, le dice a su hija,”andáte a casa y traeme las chatitas. Hay que estar presentable porque va a venir el periodismo”.
 Algunos traen sillas. Otros acercan neumáticos y unos papeles. Una señora de batón empieza a hacer bollos con los diarios y a ponerlos adentro de las ruedas. Lo hace apresuradamente, con miedo. Llegan dos vecinas. Tienen el aplomo de los cuarenta años, aunque deben ser mucho más jóvenes. De treinta, o hasta de veinte. Los pañuelos negros revelan el duelo. La policía motorizada aparece antes que los periodistas.

Tengo una historia llena de amenazas de muerte. Antes de la primera internación, cuando mi hijo estaba tan mal, fui a hablar con uno que vendía paco en Ciudad Oculta. Le dije: “te pido un favor, no le vendás más a mi hijo que se está muriendo”. Sacó un arma y me la puso en la frente. “Te voy a meter un tiro en la cabeza”. Yo estaba jugada. A veces acá tenés que hablar como hablan ellos. “Si te da la sangre, tiráme”, le dije. Y bajó el arma.
Mucho después me lo crucé y me pidió disculpas. “Ya no vendo más, cambié”. Puras mentiras. Siguen vendiendo.  Habiendo tantas denuncias, y atrás de las denuncias, amenazas -hasta al Padre Pepe amenazaron -, ellos nunca se van. Siempre te aprietan. Se la agarran con vos o con tus hijos.
Acá denunciamos a los que vendían y nos jugamos la vida. No corresponde que las madres hagamos las denuncias con nombre y apellido. Para eso están los servicios de seguridad. El ministro nos dio un canal específico con la Policía Federal, pero comprobamos que era inútil. No sirve. Un punto muerto.

La mujer hace gestos con la boca, como si fuera a hablar, pero en silencio. Practicando lo que tiene para decir. Sin chances de atravesar el corte, varios conductores giran con sus autos y se vuelven fastidiados por donde vinieron. En la maniobra reciben la ayuda de los policías que llegaron en las motos. Uno es petiso y el otro lleva un bigote con forma de anchoa. Son parcos con los conductores, y evitan la mirada de los manifestantes. “Cómplices”, les grita una señora de pañuelo. “Canallas”, un hombre de mameluco marrón. No hay jóvenes en la marcha. Hay cada vez menos jóvenes en Ciudad Oculta.

Al día siguiente del corte en la avenida Eva Perón me llamaron del Sedronar diciendo que había un lugar para internar a Jeremías. Lo tuvimos que llevar con la fuerza pública, porque no quería ir. Siempre lo digo: fue muy chocante verlo subir a ese patrullero, entregárselo en las manos a la policía. Pero en ese momento era la única opción. 
Mi hijo fue internado en una comunidad bastante cara, “Mensajeros de la vida”, donde lo pasaron de medicación. Le estaban dando 27 pastillas diarias. Vi que mi hijo tenía síntomas que no eran normales. Hasta ahí pensábamos que estaba gordo porque comía más. Un día que me lo dieron para pasear lo llevé al Hospital Piñeyro. El médico que lo vio me dijo: “Señora, su hijo está hinchado. Hable con el pediatra que lo está medicando para que corrijan las dosis”.
En la comunidad no logré que el siquiatra me atendiera. Nunca supe qué le estaban dando a Jeremías. Ni los nombres de la medicación, ni las dosis. Mi hijo tenía temblores; ya no sujetaba la cuchara y había que darle de comer en la boca. Yo ponía en la balanza su situación en consumo y la de su falsa recuperación. Las cuentas no me cerraban.
Jueves y viernes Santo me lo traje a casa. Las medicaciones estaban en sobres cerrados. Todos los desayunos, almuerzos, meriendas y cenas. Me guardé la mitad de las pastillas para dárselas, y llevé la otra mitad al Sedronar. Me acompañaron el cura del barrio -el Padre Sebastián- y un asistente social. Cuando en la institución abrieron los sobres se quedaron mudos.
Se supone que en el Sedronar están enterados de todo. Mi hijo había sido internado por Juzgado, pero nadie se había tomado la molestia de ir a la comunidad y ver en qué situación estaba. No hubo seguimiento y así quedó Jeremías: con taquicardia y babeando. Cuando se dignaron a constatar su estado, lo mudaron a la Clínica Dharma.

Un Volkswagen gris trata de hacerse paso por un costado. Ya hay casi cincuenta personas cortando la avenida. Llega una periodista que tiene dos trenzas, con un camarógrafo de camisa planchada. El hombre que conduce el Volkswagen está indignado. A su lado va una mujer vieja, de anteojos. El hombre toca bocina, amenaza con atropellar a esos que le impiden seguir. Hace gestos con la mano. El policía de bigote se acerca a la ventanilla. No puede ser que diez tarados corten una ruta. Cosa de todos los días. “¿Y hoy por qué es?”, pregunta la señora. “Porque no hay luz en Ciudad Oculta”, miente el policía. El Volkswagen arranca con una maniobra brusca; da marcha atrás, gira y se vuelve. La señora de los anteojos alcanza a bajar su ventanilla para putear a los manifestantes.

Dharma es un siquiátrico. Si la comunidad era cara, esto era imposible de pagar, para nosotros. Queda en Parque Patricios. Ahí estuvieron Celeste Cid, Charly García, Maradona, el hijo de Silvio Soldán. Trasladaron a Jeremías ahí. Por diez días no me dejaron verlo. Me pasé ese tiempo pensando, rezando…  No sabía con lo que iba a encontrarme al volver. Recuerdo que me temblaron las piernas en el ascensor. La siquiatra me tranquilizó:
- Mire que su hijo está bien…
No le creí.
Cuando el ascensor abrió sus puertas, lo vi venir por el pasillo. Era otra persona. Mejor dicho: ¡era Jeremías! Hablaba bien, me abrazó. Lloramos juntos. Le habían sacado la medicación anterior, y se la habían reemplazado por otra de acuerdo a su patología. Jeremías se fue recuperando de a poquito.
Me dijeron que los primeros días había tenido que ser contenido. Yo me imaginé que le hablaban, pero para ellos contenerlo era atarlo. Tenía crisis por la reducción de la medicación. Se podía lastimar, podía lastimar a los otros internos. Romper un vidrio, cualquier cosa. Por eso lo tenían encerrado y atado. Pero bueno, pensé: es de nuevo él. Jeremías.

Los hombres la señalan. La periodista y el camarógrafo se dirigen hacia ella. El policía petiso también. La mujer los ve acercarse y se olvida del cansancio: es ahora o nunca. Hay que hablar. Las pancartas empiezan a llegar. Están hechas en cartulinas, en cajas de corrugado, sobre sábanas viejas. Han pintado las letras con marcadores, con témpera. Dicen: “PACO = GENOCIDIO”. Dicen: “Saquen la droga de la calle”. El camarógrafo enciende la cámara. “NO MATEN A LOS NIÑOS”. El policía petiso se mete entre el micrófono y la señora del pañuelo negro. Únicamente dice: “Nada de notas. Circulen”.

A Jeremías le gusta mucho el trabajo social. Un día me preguntó:
- Mamá, ¿qué te parece si vamos al Borda a dar una mano?
En ese momento yo conseguía mucha ropa por donaciones. Me traían muestras de champú; compramos una máquina para cortar el pelo. Íbamos los domingos, era infaltable. Jeremías los afeitaba, les cortaba el pelo. Algunos nos pedían gel; se lo conseguíamos y se lo llevábamos. ¡Con tan poco hacíamos tanto! El cambio en las personas abandonadas es tremendo, en cuanto sienten que les prestás atención. Vos los veías con los pantalones abajo, el culo al aire… Yo me iba hasta Liniers a conseguir medias y calzoncillos en oferta, que son baratos y se compran por docena. Jeremías acompañaba a esos hombres para que se limpiaran, les daba toallones que también conseguíamos por donación. 
Ese trabajo le sirvió. Yo no sé si él se sentía identificado con los locos por los momentos malos que vivió. Jeremías durmió en la calle. Con cuatro días de consumo no te acordás de volver a tu cama. Creo que por eso le gustaba tanto el trabajo comunitario: porque veía el cambio en las personas, que quedaban aseadas. Nuevas.

El policía ha separado a las mujeres. A la del pañuelo, de la de las trenzas. Las avenidas son para cruzar, no para quedarse. Las avenidas son para los autos. La gente debería cruzarlas corriendo. Al menos eso pasa en las rutas pobres. En la de los ricos hay puentes, túneles. Acá la gente corre, porque los autos van a toda velocidad. Alguien aleja a la mujer del pañuelo del policía, para que no lo haga enojar y que él no la lleve presa por desacato. Le prestan un saquito y unos anteojos de sol que le quedan grandes en su cara esmirriada. La sientan sobre un tronco. El hermano va hasta la otra punta de la manifestación a acomodar las llantas viejas. Alguien le alcanza el encendedor. Llega un patrullero del que se bajan otros cuatro efectivos. Alguien le sube el volumen a la cumbia hasta que los parlantes tiemblan.

Después de ayudar en el Borda, Jeremías fue al Sedronar. Le pidió trabajo al doctor Granero. Empezó haciendo mantenimiento; limpiaba. Y siempre que podíamos, dábamos charlas en el interior. A él le permitían viajar, en su trabajo. Tenía 21 años y estaba saludable. Conoció una chica, se puso en pareja. Se compró el somier, la tele. Pero a ella le molestaba un poco esto de las charlas. Era muy de gritar. No nos quería acompañar. Empezaron a tener problemas. De un día para otro él se volvió a mi casa. Yo lo vi y adiviné qué le pasaba. Le dije:
- Estás consumiendo de nuevo. Si las cosas con ella no van, vos igual tenés que salir adelante.
Cuando se separaron, él volvió a la droga. Lo persiguió la policía. Trató de salirse, pero lo tiraron de un coche en marcha. Ese día yo estaba en lo de mi mamá: tenía turno en lo de la neuróloga y me iba a quedar a dormir para viajar menos. Eran las once y media de la noche. Yo le había dicho que no se fuera a Pompeya, donde estábamos viviendo en una casa transitoria a la que nos habían mandado por seguridad. Una seguridad que nunca existió. Nosotros salíamos en los documentales con los curas villeros, dábamos reportajes por televisión: éramos peligrosos. Nosotros tocábamos el tema de raíz: el paco no puede venderse si no hay alguien “arriba” que lo permite. No es un caramelo. Y ahí me llamaron y me dijeron que Jeremías había tenido un accidente.
En el hospital me informaron que iba en un vehículo con otras siete personas que se dieron a la fuga. Jeremías se tiró  en Castañares y Perito Moreno. Cayó seis metros desde arriba de la autopista. Llegué al Piñeyro y me fui directo al fondo, a la guardia, donde operan de urgencia. Lo buscaba en las camillas y lo encontré en el suelo. Estaba tirado sobre la chapa de la morguera. La cara toda hinchada, perdía sangre por todos lados. Pegué el grito: “¡se muere!”.


La empatía entre la mujer y la periodista es algo secreto, que solamente comparten los manifestantes. Mayra llega con los zapatos. La mujer se los calza. Le dice: “vaya y cébele un matecito a la chica de las trenzas”. La periodista se pasa el micrófono de mano para sostener el mate que le traen. Ya suenan unos bombos improvisados con tachos de basura. La periodista no le agradece el mate a Mayra, sino a la mujer que la está esperando a cinco metros de distancia, sentada, con el pañuelo negro en la cabeza y chatitas en los pies. Lo hace con un movimiento de mentón. El humo de la columna de neumáticos comienza a aflorar por encima de los manifestantes.

A Jeremías no lo asistía ningún médico. Estaba abandonado en el suelo. Dos doctores venían por el pasillo. “Mi hijo respira, está vivo,” les dije, “hagan algo”.
- No se puede hacer nada -me contestó el más viejo.
- Lo tienen que salvar, ustedes hicieron un juramento -les recriminé. Y les pedí el nombre, porque no llevaban la identificación en el guardapolvo.
- Tanto quilombo por un delincuente… -dijo el otro.
Me quedé atónita.
- ¿Qué dijo?
- Lo que escuchó.
- Su obligación es atender a mi hijo. El Juez y el fiscal van a decidir si él es un delincuente, o no.
Otros vinieron a asistir a Jeremías. Lo levantaron, lo ataron y con mucho cuidado lo llevaron a tomografía. Estaba destruido. Tenía rota la cara y el lado izquierdo del cuerpo. No podía hablar, ni tomar agua. Tenía los dientes salidos. Una cosa es contarlo y otra verlo. Lo primero que operaron fue la parte facial.
Al otro día de la operación le pregunté, indicándole que me contestara solamente moviendo su cabeza:
- ¿Te tiró la policía?
Hizo que sí. Yo sabía. Mi hijo no estaba ni borracho, ni empastillado. Tampoco me cerraba que fueran ocho personas en un vehículo y él se quisiera tirar porque vio un patrullero. Él iba en un patrullero, lo llevaban ahí. Lo tiraron durante la marcha. Mucho después -cuando pudo hablar- me contó que se quiso levantar. Y dos policías que se bajaron, lo agarraron a patadas y le pegaron con un palo. En un momento se estaba quedando dormido y escuchó a uno que dijo “dejalo que se fue”. Como si Jeremías estuviera muerto. En el hospital, cuando yo llegué, todavía estaba inconsciente.

Los uniformados corren hacia la confusión. El ruido se exacerba sobre el sector del humo. Hay empujones, agite de banderas, algunos palazos. A la línea de gente que conforma la manifestación se le ha roto un extremo. En el otro, en la punta más lejana al disturbio, la mujer se levanta y camina. Cámara y micrófono la reciben, la amparan. Una barrera de otras mujeres disimula este encuentro. “¿Sos Madre, no?”, pregunta la periodista. “Sí”.

A Jeremías le hicieron la segunda operación de la cadera y le pusieron una plaqueta en el fémur. Y clavos en el brazo y la mano, que es lo que peor le quedó. Tenía fracturas expuestas. De la boca lo van a volver a operar porque le quedó un hueco en el paladar por el que se le sube la comida a la nariz.
Estuvo cuatro meses internado, con un guardia permanente, por si se escapaba. El policía miraba la tele y comía con nosotros. Jeremías quedó en silla de ruedas. Yo lo sacaba a pasear por el jardín. Le ponía un pañal, porque se orinaba encima.
Al final llegó la orden judicial. Jeremías estaba detenido y tenía que ser trasladado a un penal. Se había abierto una causa. No sabíamos por qué asunto. El Juez al que le dieron la causa -acá en Capital, porque esto pasó acá- se declaró incompetente, y el caso pasó a Provincia. No entendíamos nada. En Provincia, la defensora de Jeremías le pidió al Juez que vieran en la situación que estaba el detenido. Ni siquiera le habían sacado los puntos de la última operación.
Empezó a hacer rehabilitación. No volvió a recuperar el movimiento del brazo. Me llamaron de Nación para darle una pensión por discapacidad. Enseguida me trajeron los formularios para que llenara. Les dije: “No quiero una pensión. ¿Vieron el daño que le hicieron? Devuélvanme a mi hijo”.

La periodista se tapa el sol con la mano, para preguntar. “¿Por qué es el corte?”. La entrevistada se acomoda el pañuelo en la cabeza y se quita los anteojos. “Por la venta de paco”, dice. “Queremos que el presidente acabe con esto de una vez.”
- ¿Y usted cómo lo sabe? - pregunta la periodista.
La mujer se toca la mejilla con el índice, como modo de remarcar lo que va a contestar. Tal vez sienta que tiene poco tiempo; mira nerviosa hacia el disturbio que los policías están acallando. El petiso ya camina hacia ellas. ¿Quiénes son esos impertinentes que además de cortar la Eva Perón pretenden dar un discurso por televisión?
- Porque yo corté la avenida. Mi hijo se está muriendo -dice la entrevistada.
En minutos se habrá terminado toda la confusión, toda la toma. Ella agrega:

- No voy a ser yo la que lo entierre.

Etiquetas: ,


3.30.2017

ESTACIÓN

            Con la leve impresión de estar llegando a un lugar nuevo, arribó a una estación y alguien le dijo que era el infierno. ¿Fue un pasajero o el guarda, mientras manipulaba sobre el mecanismo para abrir las puertas? En el piso de chapa del vagón había dos gotas rojas. Cerró los ojos. No iba a aceptar ningún infierno porque era joven, porque vivía en Castelar y porque su madre lo estaba esperando con la comida. El guarda dijo “parada final”, y a él se le puso la piel de gallina. Las puertas se abrieron. Una niebla blanca desdibujaba las letras del cartel con el nombre de la estación. Se bajó. El tren, contra lo que el guarda había dicho, siguió viaje.
            Sobre la plataforma, unos adolescentes escribían la pared con aerosoles. Eran tres, dos varones y una mujer; se codeaban, nerviosos. La pintada decía “mueran los niños”. El cartel decía “CASTELAR”.
            Delante del bar del andén un hombre alto y seco apretaba su saco contra el cuerpo, aferrado a un vaso de vino en el que casi tenía sumergida la nariz. Tosió sobre la boca redonda de vidrio, y se salpicó el pecho y el mentón. El joven pensó que no había oído el sonido de la tos.
            Una señora se detuvo a mirarlo. Estaba muy seria; lo tocó en el hombro y le dijo algo. Él volvió a saber que no podía descifrar sus palabras. Se llevó las manos a la cara, pensando “ojalá recuerde cómo poder llorar”. Imaginó su rostro convertido en una máscara brillante, de cera, con todos los gestos quietos y dos pozos negros en lugar de los ojos. “Volví”, masculló desde la hendija de la boca. “¿Qué?”, dijo la mujer. Él la miraba desde atrás de la máscara, con los ojos fijos clavados en el centro de los dos pozos. “Volví del infierno”, se dijo en secreto, mudo. Y empezó a caminar, con el alma borracha de espanto.
            Se detuvo frente a su casa, invadido por un sentimiento de desconfianza. “No hay por qué dudar”, pensó, para animarse. La llave giró en falso en la cerradura. La puerta se abrió.
            En la cocina estaba reunida casi toda su familia. Cenaban. Habían venido algunos tíos, una de esas tías viejas cargaba un bebé entre los brazos. “Hace tanto que no nos visitaban”, pensó, “que no recuerdo ni sus nombres”. Ellos lo miraron amablemente. Todo estaba igual, aunque sin sonido (el vino llenando las copas, el roce de los cubiertos). ¿Se habría quedado sordo? Tal vez, sí, temporalmente sordo. En mitad de la duda lo sorprendió la voz de su propia madre. Le dijo algo así como “sentate, querido”, con un tono tan grave que le costó reconocer.
            Intentó encender el televisor. Apretó varias veces la tecla, pero la imagen no aparecía. Verificó que estuviera enchufado. “¿No anda?”. Su madre levantó la vista del plato para decir “no”. Pero no lo dijo. Sólo hizo un gesto abriendo la boca vacía de palabras, y sonrió. Él recibió la sonrisa como un adorable regalo de la realidad, como un alivio. No le importaba ninguna otra cosa: había vuelto a su casa y ahora estaba sentado a la mesa con sus parientes, con su hermano menor y sus tíos. Aquella era su familia, y todos cenaban junto a él, sin advertir que el aparato no funcionara, o los ravioles no tuvieran gusto. “La comida preferida de mamá”, pensó. Un par de detalles no iban a empañar este regreso, la infinita alegría de haberse escapado del tren.
            Estaba concentrado en sus pensamientos cuando alguien lo pateó por debajo de la mesa. Al principio supuso que sería una broma, porque su hermano, que estaba sentado a la derecha, comenzó a reír. Después se volvió una cosa molesta, porque era como si le acariciaran sobre los pantalones, y sintió miedo. De nuevo ese miedo al regreso. Su hermano se había distraído, y ahora la madre era la que lo miraba y se reía. Los hombros de ella se movían  hacia arriba y hacia abajo, descubriendo el trabajo escondido de sus manos sobre las piernas del joven. Él apartó la silla. Se agachó por debajo de la tabla de la mesa para ver qué pasaba. Levantó el mantel colgante como una cortina. Su cara volvió a endurecerse totalmente, sin siquiera pestañar. “Es imposible”, pensó. Ellos, todos los que ahí estaban, no aparecían por debajo de la mesa. Ni sus piernas, ni sus zapatos, ni la pollera de la madre, ni las caderas de sus tías; sólo el esqueleto de las sillas vacías y el telón del mantel.
            Se levantó. La idea de saberse frente a una escenografía montada para recibirlo, para atenuar su desesperación, lo puso más pálido aún. Los espectros devoraban sus pastas. Sin detalles, ni gustos, ni ruidos. Le indicaron que se sentara, que no había por qué asustarse.
            - Es una bienvenida –dijeron.         

Etiquetas:


8.05.2016

UN ASESINO ES UNA PERSONA NORMAL QUE TRABAJA MATANDO GENTE.


En el cine mudo los malos tenían bigote. Era el modo de identificarlos. Esto lo dice Hitchcock en un largo reportaje reunido en el libro “El cine según Hitchcock”. Le habían dado a hacer una película titulada “Blackmail”, pero como el cine estaba pasando del mudo al sonoro, no se sabía bien cómo iba a terminar, si muda o con sonido. El cine estaba justo en ese límite extraño en el que los productores  querían a toda costa evitar la brusquedad comercial que adivinaban espantadora de espectadores. Hitchcock consideraba a las películas mudas como “la forma más pura del cine”. Si por él hubiera sido, la película se quedaba sin sonido. Después de muchas dudas los productores decidieron que “Blakmail” fuese una película muda salvo en el último rollo, para ir publicitando la novedad sin sobresaltos. Así es que se anunció como un film “parcialmente sonoro”.
Hitchcock decidió que era tiempo de vulnerar la regla del bigote, aunque sus productores no apoyaran la idea. Al director inglés le resultaba, tal vez, muy infantil eso de que para ser bueno bastara con una afeitada. El pintor de la película quiere violar a la chica que ha llevado a su casa; el asunto acabará en un crimen. Hitchcock dice:
- Hice, en esta escena, un adiós al cine mudo. Mostré al pintor sin bigote, pero la sombra de una reja horizontal de hierro forjado colocada en el estudio, le dibuja en el momento justo, encima del labio superior, un bigote más verdadero y más amenazador que el real.
Comenta también que lo hizo porque ansiaba vender, para que muchos vieran y disfrutaran de sus tramas. Muchos, para Hichcock, eran muchos. Por eso buscaba artilugios para dejar a todos contentos, la clave de sus negociaciones.
El del cine mudo fue un tiempo de doble ingenuidad. El hombre que sale en la pantalla no sabe que el código del mal de su barrio es llevar un bigote. Persiguen al malo sin fijarse en ese detalle. El asesino es muy fácil de descubrir para los espectadores. La maldición de su bigote lo desnuda.
El suspenso, en ese tiempo, estaba basado en la proximidad, en ese gritarle al muchachito desde la butaca ¡corréte de ahí que el bigotudo te puede matar! El mismo Hitchcock utiliza este mecanismo aprendido en el mudo en muchas de sus películas posteriores. La escena de “Los pájaros” de la estación de servicio nos hace ver, desde adentro de la oficina, todos los ingredientes de la catástrofe que los mismos personajes conocen parcialmente. Vemos la nafta derramarse, el hombre que enciende el cigarrillo, los pájaros que atacan, el fósforo caído sobre el charco del piso. La chica grita pero nadie la escucha. La estación explota en llamas.
El anónimo que en 1927 miraba “The Lodger” (“El asesino de las rubias”) desde su cómoda butaca de cine es contemporáneo a Ivor Novello, que actúa en la película. Pero el de la butaca sabe quién es el malo; Ivor no. Pienso que sería bueno vivir en un mundo así, avisado, en el que supiéramos de antemano cuál es el signo externo que identifica al mal para poder distinguirlo y huir. Pero inmediatamente me digo que es un mundo horrible. Ha existido y existe fuera del cine mudo y se consuma rápidamente en genocidios, esos momentos en los que los Estados enloquecen y comienzan a matar a sus beneficiarios por razones racistas, religiosas o sociales. En esos casos los malos siempre se ponen sus uniformes y sus medallas, y masacran dentro de una legalidad consentida parcialmente, apoyada por el poder. En esos casos los asesinos están muy orgullosos de matar; sus actos son su trabajo legal y suceden dentro de las ocho horas marcadas con tarjeta.
No vamos a hablar de esos individuos que inmerecidamente ocupan realidades en la historia de nuestro sufrido planeta (incluidos libros y películas), sino que vamos a hablar del otro, de ese que trabaja ilegalmente en las tinieblas y no tiene más poder que el de su astucia y coraje. Ese que para el atraco depende de la sorpresa, que no avisa como en el cine mudo. O al menos no está tan claro que avise. Digo esto último por los asesinos de mujeres. Por ejemplo: el que mata a toda su familia en “Dimensiones”, el extraordinario cuento de Alice Munro en “Demasiada felicidad”. En los femicidios los modos de avisar del asesino son evidentes para todos menos para las víctimas. Ellos dan señales en la intimidad de su espacio doméstico, pero las dan en el momento en que el resto de la familia no las puede decodificar. La camarera del Blue Spruce Inn es como el policía del cine mudo: tiene el asesino delante, le ve el bigote, pero no reconoce en esa mata de pelos un peligro. Ella no puede entender ese bigote de gritos y zamarreadas. Tiene, dentro de sí, la respuesta; pero está tan ensimismada que no lo puede denunciar. Pagará esa indiferencia con la muerte de sus hijos.
Después de saber que Chikatilo era el Carnicero de Rostov que toda Rusia buscaba, los vecinos –que hasta ahí lo consideraban un dechado de honestidad y moral- se acordaron de ciertas conductas y decodificaron varios signos. Pero eso sucedió con el diario del lunes: antes nunca se habían quejado. Y lo fusilaron porque se entregó, al estilo Raskólnikov de “Crimen y castigo”, un poco perseguido por la culpa y otro poco para ganarle a su perseguidor. En la realidad y en las novelas policiales, los asesinos seriales suelen ser los únicos que saben del crimen, porque trabajan de eso y hacen bien su tarea. Cuando los inspectores se enteran ya suele haber un tendal de cadáveres. Y el asesino es una persona difícil de pescar porque todos lo ven como a alguien normal, otro pez nadando en el estanque. Inclusive suelen ser seres queribles.
Patricia Highsmith fue la que acuñó el término “criminales queribles”. Ella es la campeona en el arte de convertir una persona común, que trabaja, como Jonhatan en “El amigo americano”, en enmarcado de cuadros, en un asesino entusiasta que trabaja matando.
“Los escritores que deseen escribir  libros parecidos a los míos –aconseja Highsmith, en “Suspense”, su maravilloso libro de teoría- tendrán un problema adicional: ¿cómo hacer que el héroe sea querible o, en lo posible, mínimamente apreciado? Por lo general esto resulta tremendamente difícil, aunque pienso que mis héroes son siempre criminales bastante queribles, o al menos no son seres repugnantes. (…) Lo único que sugiero es que al asesino se le atribuya la mayor cantidad posible de cualidades agradables, como por ejemplo: generosidad, bondad para con algunas personas, afición a la pintura, la música o la cocina. Además a veces sucede que estas cualidades, en contraste con sus rasgos homicidas, terminan siendo divertidas.”
El asesino es una persona que asesina en lugar de fabricar cosas, llevar una contabilidad, limpiar casas o vender objetos. Normalmente no lo vemos así porque para nosotros, que fabricamos cosas, llevamos contabilidades, limpiamos casas y vendemos objetos, el asesino está siempre fuera del circuito del trabajo, porque está de raíz fuera del circuito de la ética. Pero para escribir lo tenemos que convertir en ese ser que piensa, que pone el músculo y la herramienta al servicio de su obsesión, aunque mate. Los escritores vemos a los asesinos como gente que, simplemente, tiene ese trabajo por hacer. A veces hasta los admiramos durante un tiempo, normalmente el que dura la escritura del libro.
Fernando Savater daba una clase de ética a chicos del secundario, y siempre les planteaba un acertijo que sucede en un pueblo de provincia. Entre el pueblo y su aeropuerto hay un bosque. En el bosque vive un femicida. El marido de una señora tiene que hacer un viaje, y se toma un colectivo hasta el aeropuerto. No quiere que su mujer lo acerque con el auto para que no se tenga que volver sola por el bosque. La mujer, ni bien el tipo sale, invita a dormir a su amante. Están en la cama cuando el marido llama por teléfono diciéndole que se olvidó el pasaporte, y le pide que se lo alcance. Ella, con miedo, le sugiere a su amante que la acompañe. El amante se niega por pudor. Ella entonces le pide a su confesor, que le contesta que no puede porque debe dar misa. Entonces llama al policía, que también se niega porque tiene que velar por toda la comunidad, no por una persona en particular. Finalmente llama a su amiga, para al menos ser dos en el auto. La amiga teme por su vida y la deja igualmente plantada. La mujer va, cruza el bosque; el femicida la intercepta y la mata.
Savater le pregunta a su clase: “¿quién de todos es el responsable de esta muerte?”. Dice que de la respuesta salen los arquetipos sociales: está quién culpa al policía, que en el futuro podrá ser anarquista –se ríe cuando cuenta esta parte-; aparecen las feministas que culpan al amante, los anticlericales que le dan el palo al confesor; las románticas que se enfurecen con la amiga. Y los que culpan a la mujer por tener ese marido estúpido. O los que culpan directamente al marido por ponerla en peligro. Pero nadie, nunca en todos los años de sus cursos, dice Savater, culpó al femicida. En realidad es el único culpable de todos esos personajes, pero como está afuera de la ética, los chicos lo ignoran a la hora de rotularlo. La ética, dice el profesor, es lo que nos amalgama como sociedad: qué está bien, qué está mal. Lo que hacemos los escritores de policiales –yo lo hice en Auschwitz-, es salirnos de la ética para considerar al asesino como un jugador más que lleva en su trabajo todas las de la ley. Su ley.
Higsmith anota en “Suspense”: “Por otra parte, nunca he estado al borde de matar a nadie, pero de todos modos puedo escribir sobre eso, acaso porque el crimen es una extensión de la ira, una extensión al punto de la locura o de la locura momentánea”.
Es aconsejable en este tipo de conferencias andar aclarando de qué se habla. Tuvo que aclararlo Jonathan Swift cuando lanzó su “Modesta proposición destinada a evitar que los niños pobres de Irlanda sean una carga para sus padres y el país”, que hablaba de cocinar y comerse el exceso de bebés, y hasta daba recetas. También Tomas De Quincey, en su célebre conferencia  “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes” aclara, por las dudas:
“Estoy y estaré siempre a favor de la moralidad, la virtud y todas esas cosas; afirmo y afirmaré siempre (cualquiera sean las consecuencias) que el asesinato es una manera incorrecta de comportarse, y hasta muy incorrecta; más aún, no tengo empacho en afirmar que toda persona que se dedique al asesinato razona equivocadamente y debe seguir principios muy inexactos de modo que, lejos de protegerlo y ayudarlo señalándole el lugar donde se esconde su víctima, lo cual es el deber de toda persona bien intencionada según afirma un distinguido moralista alemán (se refiere a Kant), yo suscribiría un chelín y seis peniques para que se le detuviera, o sea dieciocho peniques más de lo que hasta ahora han contribuido a tal objeto los moralistas más eminentes.”
Y agrega: “¿Cómo negarlo? Todo en este mundo tiene dos lados. El asesinato, por ejemplo, puede tomarse por su lado moral (como suele hacerse en el púlpito) y, lo confieso, ese es su lado malo, o bien cabe tratarlo estéticamente –como dicen los alemanes-, o sea en relación con el buen gusto.”
Cuando De Quincey dice que prefiere el “lado bueno”, está hablando, obviamente, de literatura.
----------------------------------------------------------------------------------------------------
Escribí este discurso para el 12ª ARGENTINO DE LITERATURA de Santa Fe. Una mesa redonda de novela negra que compartí con Claudia Piñeiro y Osvaldo Aguirre en junio de este año. La noche antes de leerlo, estando en mi hotel santafesino, hablamos por Skype con Lori Saint-Martin, mi traductora al francés que vive en Canadá. Le había llamado la atención el título de la charla, y me dijo que le preocupaba que alguien hubiera escrito algo con ese título a una semana de la masacre de Pulse, en Miami. Le dije que el título era una cita del libro “Suspense”, que resultaba un par de veces mencionado en la nota. Se la mandé por inbox para que la leyera.
Al otro día, a minutos de comenzar mi mesa, me llegó al celu la respuesta de Lori diciendo que ella cambiaría, como mínimo, la palabra “coraje” con la que yo describo a un asesino individual, por “cobardía”. ¿Qué otra cosa que un cobarde es un tipo armado que entra a un recinto donde hay gente que baila y les vacía tres cargadores?
- ¿A quién se lo estás preguntado? –fue lo primero que atiné a escribir.
- A vos.
- ¿Como ser humano, o como escritor?
- No veo la diferencia.
- Estoy hablando de ficciones.
- Nombrás a Chikatilo – me contestó.
Touché.
“A esta altura Chikatilo es un personaje de Dostoievsky”, estuve por decir. Confiar en el argumento de que lo que hago son siempre ficciones ya se me está volviendo, a mis cincuenta y pico, por lo menos raro. No sé si me excuso en eso o me escudo. No iba a sacar de la nota el nombre del asesino real a esas alturas. Me pasaron el micrófono y leí lo que llevaba, que es lo que ustedes también acaban de leer. Y el titulo no es una cita a nadie; lo inventé, en plena época de las citas inventadas, a la moda del Borges del subte.
----------------------------------------------------------------------------------------------------
Si como ser humano te contesto con este discurso, lo admito: soy horrible. En eso estamos de acuerdo, Lori. Pero si te contesto como escritor, tengo una coartada que me regaló mi amigo Stephen King. Aquí entraría a funcionar el título de uno de los mejores libros que enseñan a escribir de la historia de la literatura: “Mientras escribo”. ¿Qué parámetros utilizo para ponderar un libro así? Que dice la verdad. En todo. Es como el de Highsmith, o algunas conferencias esporádicas de Cortázar, Flannery O´Connor y Vonnegut. Claudia Piñeyro nombra también “El  simple arte de matar” de Chandler como otra excepción infalible, pero tengo que confiar en ella porque todavía no lo leí. Los demás dicen macanas o puerilidades que no sirven. La verdad del libro del Rey es que los escritores, mientras escribimos, nos convertimos en gente que no es muy copada. Que suele imitar  para su vida eso que le sale de la lapicera, y si se trata de horror y asesinatos, te la encargo.
Uno puede tener hasta doscientas o trescientas relaciones amorosas y de amistad en la Tierra, pero tiene tres amigos fieles y tuvo tres ex que extraña, con las que hubo ese tipo de amor infinito que un día se corta y nos destroza. El enamoramiento se basa en la admiración por el otro. Por lo que hace: cómo escribe, cómo se viste, cómo cocina, cómo trata a sus semejantes, la ética que tiene, a quién votó; sus gustos y afinidades, Si podemos admirar en un 80% a una persona, hay amor. Si es correspondido, se arma la pareja. Después te separás por ese 20% que no congeniabas, que suele agravarse y crecer con el tiempo. Y para escribir hay que enamorarse. Sobre todo pasa con las novelas.
Como escritor, si tuviera que novelar el horrible episodio de la disco de Miami, tendría que enamorarme, indefectiblemente, del asesino. O al menos quererlo bastante. Escribir una novela es tener una relación con tus personajes durante un tiempo largo y conflictivo. Somos, de alguna manera, rehenes temporarios de ellos como de nuestra amada cuando la encontramos en la vida. Y a ese asesino en particular, mientras escriba la novela tenderé a verlo como a un tipo interesante. Un eximio actor, por ejemplo, que no reparó en sumergirse en sus fobias misántropas para frecuentar el lugar donde ejecutaría su masacre. Lo tendría que ver como a un estudioso que fue detallista en el recuento de sus obsesiones, un profesional que no se puso nervioso ni a último momento, sino que hizo todo racional y fríamente. A sangre fría, digo.
De eso se trata ficcionar: para un escritor es lo mismo que entender. Después está si le agregás tus condimentos o lo dejás sobrio de toda sobriedad, a lo Capote.
Mientras escribo, como dice King, deberé acercarme a este ser despreciable hasta verlo inteligente e interesante. Mientras escriba seré otra cosa, un monstruo apartado de la sociedad, políticamente incorrecto, como él.  Por un rato, asesino de gente que baila.

No se me acerquen mucho cuando escribo. 

Etiquetas:


7.04.2016

NOTA COMPLETA DE LIOTTA PARA VIVA

 ESA MÁQUINA ROJA

Llegué a Diamante, Entre Ríos, con el corazón roto por una separación. Fue este último verano, me sentía morir y decidí publicar en el Facebook un pedido de auxilio a mis amigos para tomarme un descanso. Todo el mundo me recomendó sitios lindos adónde ir. Sólo Patrick, un conocido de los veinte años, me facilitó tanto las cosas que decidí viajar al día siguiente. El residencial adonde vive tiene varios departamentos de alquiler, pileta, quincho y un pequeño museo. Lo del museo me interesó cuando escuché que allí estaba exhibido el primer corazón artificial del mundo.
- ¿El de Jarvik?
- El de Jarvik es del 82 -dijo él-. Estoy hablando de quince años antes, del que inventó mi padre.
Para escribir la novela “El corazón de Doli” yo había hecho una investigación bastante severa acerca de la clonación, pero muy superficial en relación a órganos y trasplantes. El dato que tenía sobre corazones artificiales era el nombre de ese gringo, al que asocié imaginariamente con Tupperware y un Alfredo Coto ficticio para la producción en la Argentina. En la literatura se permiten estos juegos. Lo que no puedo permitirme, a esta altura, es pasar por alto que el primer médico que inventó un corazón artificial es compatriota. Y lo hizo, como dijo Patrick, un década y pico antes del que tuvo más prensa.
El suceso ocurrió en un Hospital de Texas. La operación exitosa data del año 1969. Fue realizada por el doctor Domingo Liotta, oriundo de Entre Ríos, junto a su socio americano Denton Cooley, unos años mayor que él.
El doctor Liotta tiene hoy 91 años. Se acuerda de los nombres de todos los colaboradores que tuvo en su vida. Egresado de la Universidad Nacional de Córdoba, ha dirigido clínicas, creó el servicio cardiológico de muchos hospitales argentinos y la carrera de Medicina en la Universidad de Morón, de la que fue rector y vice. También fue el creador del Sistema Nacional de Salud durante el último mandato de Perón. Escribió un libro titulado “Las aventuras de un cirujano de corazón”. Está completando sus memorias. Me espera impecablemente vestido de traje y corbata. Me hace arrepentir de no haberme puesto un saco. Da la impresión de que la gente que trabaja con él, que entran y salen de su oficina, lo aman.

EL HOMBRE DEL CORAZÓN ARTIFICIAL
Domingo Liotta, un cirujano argentino de 44 años y ojos tristes, inventó un corazón artificial completo, luego ayudó en la implantación de su invento en un ser humano. De este modo, un hombre cuyo nombre se mantiene a la sombra de Denton Cooley y de Michael DeBakey ha cambiado el curso de la historia médica y quizás de toda la historia. (Will Mc Nutt, 1969, World Book Science Service).
- ¿Qué hay de cierto de todo eso? –le digo.
- ¡Lo hicimos! – se agita él- Fuimos los primeros que instalamos un corazón mecánico ortotópico (que va a adentro del saco pericárdico), previa remoción del corazón nativo. Con Cooley desarrollamos la investigación completa en el Baylor University College of Medicine, en Houston. El Dr Michael DeBakey era el chairman del departamento de cirugía. El receptor fue un imprentero de Illinois llamado Haskell Karp, de 47 años. La intención era que nuestro invento se utilizara hasta hallar un donante humano compatible para poder realizar el trasplante. La operación duró tres horas.
 - ¿Cómo se llega a ese momento?
- Nosotros trabajábamos en asistencia circulatoria, sin sacar el corazón, desde 1961. El primer caso clínico lo logramos el 19 de julio de 1963, con el doctor Stanley Crawford. Le implantamos a un paciente la primera bomba sanguínea, a la que nombramos “Liotta-Crawford”.  Era del tipo pulsátil; trabajaba copiando los movimientos del corazón, sístole y diástole. Las bombas actuales son de flujo continuo, en donde la sangre fluye todo el tiempo. Los pacientes, en cuanto son conectados, mejoran inmediatamente porque reciben grandes flujos.
- Más que los de la bomba Liotta-Crawford.
- Claro. El enfermo que necesita un trasplante está levantado. Camina con dificultad, sufre disnea, pero habla. Quiere decir que tiene un resto funcional válido en el miocardio. Es parte de una lista de espera para una operación. A este paciente le ponen un dispositivo que fluye sangre constantemente y se lo ve recuperado. Toda esta evolución ha resurgido con el doctor Alain Carpentier, de París. Parece -digo parece porque la información viene de Internet y no de una revista científica- que Carpentier ya mandó a la casa a su primer paciente con una bomba permanente, y está feliz. Fuera de eso, y mientras no se aclaren bien las cosas con respecto a los materiales y al mantenimiento de estas máquinas, no se ha conseguido todavía un corazón artificial permanente. Puede que ese caso que digo sea el primero.
- ¿Cómo se instalan estas bombas?
- Con una incisión chiquita que se hace del lado izquierdo del tórax del paciente, de costado, entre las costillas. Piense que en 1966, para lograr el mismo efecto, hacíamos esternotomía mediana, o sea que le abríamos el pecho como si la operación fuera una cirugía coronaria. Esta bomba de ahora se coloca en un tratamiento inocuo. La aurícula izquierda está apenas a cinco centímetros de la parrilla costal. Si la tiene dilatada, estará más cerca todavía. Se le pone un conector y se entra muy fácil a la arteria axilar izquierda. Las arterias subclavia izquierda –se señala la clavícula- y la axilar –se señala la axila- van casi superficiales.
- ¿Y el corazón que usted inventó, cómo era?
- El sistema circulatorio sigue las leyes de la hidráulica. Las válvulas cardíacas funcionan en forma mecánica y un gradiente de presión las abre y las cierra. Lo que hicimos con el “Liotta-Cooley” fue replicar las condiciones de los corazones verdaderos. No hay diseño de la acción contráctil, hay imitación. El corazón es el único órgano que salta en el organismo. La parte contráctil es una función que no tiene descanso en 80, 100 años. Día y noche trabajando sin parar. Es una maravilla de la naturaleza. Nosotros no hicimos más que imitar eso utilizando los materiales que había en ese entonces. Hacíamos las cámaras ventriculares con Silastic. Ahora evolucionó, hay plásticos muy buenos. El Biospan, por ejemplo. Es un plástico para ser implantado sin rechazos. El corazón artificial “Liotta-Cooley” tenía un aspecto transparente.

EL SEÑOR KARP
- ¿Cuánto vivió el imprentero Karp con el primer corazón artificial de la historia?
- Más de lo que le tenía previsto el destino –contesta Liotta-. El paciente llegó sin función cardíaca. No lo podíamos desfibrilar. Le dimos golpes eléctricos, el anestesista le dio todas las drogas necesarias, y nada. Le habíamos abierto el pecho y le mejoramos la “arquitectura” del ventrículo izquierdo, removiéndole parte de la pared fibrática. No lo podíamos sacar ni con una función cardíaca mínima, con lo que le hubiéramos podido dar asistencia circulatoria. Cooley salió de la sala de cirugía para avisarle a la señora Karp lo que íbamos a hacer, y a las autoridades del hospital para que fueran solicitando un donante. Ingresamos la consola de control del corazón artificial que habíamos creado. Removimos el corazón de Karp y separamos los ventrículos con una incisión transversal. Para poder sacarlo seccionamos la aorta y la arteria pulmonar. Era la primera vez, fuera de una autopsia, que se hacía algo así. Ya había periodistas observando detrás de la galería vidriada: la noticia se había esparcido rápidamente.
- ¿Y?
El tiempo para la circulación extracorpórea se estaba agotando. El resto de la pared de la aurícula izquierda de Karp fue suturado a la correspondiente pared artificial. Tuvimos un pequeño inconveniente con el conector aórtico de salida de la bomba, que no estaba correctamente alineado con la aorta del paciente, pero lo resolvimos e implantamos el ventrículo derecho a la brevedad. Y le volvimos el corazón a su sitio. En el driver vimos que funcionaba. Cooley tenía los ojos llenos de lágrimas. Yo no canté victoria hasta que visité a Karp en el posoperatorio. Él todavía estaba entubado, no podía hablar. Le dije: “abra los ojos”. Los abrió. Le dije “apriéteme la mano”; lo hizo. “¡Mas fuerte!” ¡Y lo hizo! Le sacamos los tubos al otro día.
- No me diga que murió de viejo.
- Lamentablemente no resistió el trasplante. Esta operación que le conté se realizó el 4 de abril del 69, y el trasplante el día 7. La donante fue una señora de Massachussetts.  Su corazón funcionó bien al principio, pero el paciente ya había formado una pleuresía y neumonía fúngica (con hongos). De ese lugar no lo salvaban ni los antibióticos de ahora.
Respiro un poco. Tomamos los cafés que Gisella, su asistente, nos trae.
- ¿Cuándo hizo su última operación? –le digo.
- Le parecerá mentira, como a Cooley, pero yo operé hasta los 82 años.
- Wow.
- Cooley hasta los 80. Por eso no quiere creerme. Le gané.
  
PERÓN
- ¿Qué tuvo que ver Perón con su historia?
- En el 68 mi hermano mayor, Salvador, atendía al General Perón en Madrid. El Texas Heart Institute, para ese período, había firmado con España un convenio para entrenar a sus médicos en cardiología y cirugía vascular, que estaban muy flojitos. Con Cooley empezamos a ir tres o cuatro veces al año a dar conferencias o a operar. Mi nombre empezó a salir en los diarios. El General le pidió a Salvador que hiciera de puente para encontrarnos. Salvador  me esperó en Barajas y fuimos hasta la residencia de Puerta de Hierro. Perón era cardíaco, pero la llevaba bien. Tomamos el té, que nos sirvió su señora Estela. Ella era muy cortés. Conversamos de muchas cosas. Las reuniones se repitieron en varios viajes. Hasta que en las elecciones del 73 ganó Cámpora y Perón me llamó para dirigir la Secretaría de Salud Pública. Yo cubría dos servicios de cirugía cardiovascular, el del Italiano y el del Durán. Le contesté que era un honor, pero que estaba muy ocupado. Entonces Perón dijo que al menos me hiciera cargo por tres meses. Mi hermano me sacó el teléfono de la mano: “Métale para adelante, General”, dijo.
- ¿Y qué tenía que hacer?
. Perón reunió a toda la oposición para crear el Sistema Nacional de Salud, que después fue ley. Lo trabajamos prácticamente fuera del gobierno de Cámpora. El SNS fue importante: estaba destinado a ordenar la Salud Pública. Lástima que lo bajaron los milicos... Todavía hoy no se ha podido ordenar eso, y mire los años que han pasado. ¡Más de cuarenta!
- Tengo entendido que por entonces usted ya era el médico personal del General.
- Lo atendía todos los días. Los enfermos cardíacos quieren tener al médico cerca. Todo el tiempo me hacía preguntas, que el pulso esto, que una taquicardia… Yo iba a Gaspar Campos a última hora de la noche. Hablábamos más de lo que le recetaba. Me esperaba sentado, o recostado. Nos saludábamos, lo controlaba, nos llevábamos bien. A los políticos les gusta la gente que no se mete a competir con ellos, que hace el trabajo que sabe hacer y listo. Así soy yo, y él me tenía muy bien conceptuado. El problema, más que su salud, era ese López Rega, que tenía mucha incultura y le estaba al lado como una sombra.
- ¿Miraba mientras usted lo atendía?
- No. Pero podía abrir la puerta de repente, sin golpear, y el General no le decía nada. Nadie se explica, ningún argentino, cómo un hombre con la experiencia e inteligencia de Perón podía tener a un tipo así a su lado. ¿De dónde salió esa influencia? En nuestros encuentros en España nunca había aparecido… Le  voy a contar una anécdota.
- Bueno.
- Perón venía orinando poco, y a nosotros, los doctores del corazón, siempre nos interesa la parte diurética. Que los pacientes orinen bien. Con el cardiólogo Pedro Cossio le dimos unos remedios, con los que Perón empezó a orinar de nuevo. Él me estaba hablando, con la puerta del baño entornada, cuando intempestivamente entró Lopecito a la habitación. No pidió disculpas. Se puso a caminar adentro del cuarto moviendo mucho las manos y me dijo, casi sin mirarme: “Ha visto, doctor Liotta, tal astro se ha alineado con tal otro y por eso el General está meando”. Perón, que estaba de espaldas, abrió un poco más la puerta, giró su cabeza y me guiñó un ojo como diciéndome “no le haga caso a este loco”.
- ¿Cómo era Perón?
- Un hombre medido. Muy sencillo. A las personas que apreciaba las hacía sentir bien. Era un consolidador de ideas. Tomaba ideas de todos. Para hacer el SNS llamó a casi toda la oposición. Va a ver por qué digo “casi”. Yo tenía un anestesista maravilloso, Alfredo Dradman, un hombre que era secretario general del PC. Para el SNS nosotros habíamos convocado gente de cualquier partido, menos del PC. Estaba la UCR, con Balbín. Perón siempre ponderaba lo bien que andaban los radicales. Y entonces yo le dije: “Usted sabe, General, que quiero llamar a uno de mis mejores anestesistas: un profesional ejemplar”.
- Y llameló, doctor –dijo Perón.
- Pero es secretario del PC.
Entonces se quedó pensando la respuesta.
- Hay un problema –dijo, por fin-. De ellos, no mío. Cada vez que me acerco a un comunista, se esfuma en el aire. Hablan desde lejos, pero si uno se acerca desaparecen…
Cuando se lo conté a Alfredo empezó a maldecirlo. Se enojó muchísimo, y su enojo era el de todo el Partido. Perón les había ido robando sus banderas sociales, las cuestiones de trabajo, las de salud. Se metió prácticamente con todas las consignas del comunismo: eso no se lo perdonaban.
- Me acerco para conversar, vamos a sentarnos, se enojan y se van…


LOS CHINOS Y EL EPISODIO CON TÚNEZ
- Perón tenía intereses comerciales con Oriente, especialmente con China –cuenta Liotta-. Los quería impresionar un poco y les mandó una comisión científica. Fue en el año 1973. Me comprometí con Chu En-lai, el premier, para ir a darles entrenamiento a los médicos de allá.
- Vi la foto –le digo.
- Un gran tipo, Chu. Muy formal, pero siempre decidido a romper el hielo con un toque simpático. Eso aprendí de él. Habíamos tenido una charla seria y de golpe me agarró del brazo y me pidió que le presentara a mis colaboradores del Hospital Italiano. Su equipo era inmensamente pulcro, se los veía perfectos: delgados, uniformados, sonrientes, afeitados. Hice pasar primero a mi jefe de cardiología, el doctor Oliveri, que tenía una barba espesa y tupida, a lo Horacio Guaraní. Después presenté al doctor Pujadas, que era extremadamente obeso. El doctor Pichel también estaba barbudo y desalineado. Entonces detuve al traductor y le aclaré: “dígale al premier que la próxima vez no le voy a traer ni barbudos, ni gordos”. El equipo de él estaba formado por gente que, simplemente viéndolos, podías decir estos son cirujanos. Aunque los nuestros fueran mejores. El traductor dudó, pero Chu En-lai exigió sus palabras.  Sin reírse, me contestó:
- Los barbudos y los gordos adelante. Los chinitos, que se suban a banquitos.
Con Chu En-lai aprendí que el peor protocolo se rompe con un chiste.
- No siempre resulta –le digo.
Mueve la cabeza. “Una vez salió mal”, dice.
- Estábamos visitando oficialmente al presidente de Túnez. Fui con mi hijo Patrick y con mi esposa Olga. El presidente era el colmo de la seriedad. En un momento dijo: “Doctor, tiene que tener en cuenta que en este país, bajo la acción de mi gobierno, se terminaron todos los casamientos múltiples. Hoy en día es un hombre con una mujer, con felicidad. Todo lo demás está prohibido.” Lo decía con energía. Yo, acordándome de Chu En-lai, le retruqué:
- Tampoco hay que ser tan exagerado, señor presidente: dos o tres lindas chicas hacen falta de vez en cuando para mantener bien el corazón…
Le tuve que guiñar el ojo para que entendiera que le estaba haciendo una broma. A la noche me tocó cenar con su ministro de Salud Pública y me dijo que por suerte el episodio había salido en los diarios. Me mostró la nota y pasó a explicar: “Lo que pasa es que él ha tomado el monopolio de las chicas… Además de su señora, que es muy linda, tiene dos amantes. Con la nueva ley es el único que las puede tener sin caer en problemas…”
-  El sexo hace bien para el corazón, ¿no, Don Liotta? –le pregunto.
Se ríe, pícaro.
- ¿Qué le parece? –me contesta.
Y pasa a describir la lista de consejos para llegar con un corazón sano a su edad.           

FINAL
A la salida de la reunión me decido a escribirle a mi ex. Son las once de la mañana y estoy por tomarme el tren de vuelta a casa, parado en el andén de la estación Morón. Le mando dos mensajes.
El primero dice: “Acabo de entrevistar al inventor del corazón artificial. Sus tips para nunca tener que ponerse uno fueron “alimentación correcta, andar diariamente en bicicleta y ser feliz”. Es un hombre mayor que hace las tres cosas: come pescado y verduras, pedalea en su bici fija y reparte el tiempo entre su matrimonio, su trabajo y sus hijos grandes.”
El segundo dice: “Los dos primeros consejos los cumplís sola, o con tu Aurorita. Para el tercero te puedo ayudar. Si me dejás, te cuido el corazón”.

Todavía no me contestó, pero no pierdo la esperanza.

Etiquetas:


6.01.2016

EL FANTASMA INVISIBLE

- Sesenta años.
- Parece más.
- No le hablo de la construcción, bo. Sesenta años tenía el viejo cuando se murió.
- Esa cifra también está errada. La construcción tiene más de cien años, se ve, y el viejo tenía más de noventa, según dijo René. Edad para morirse en paz.
- Sesenta años de postrado, digo. Sesenta de enfermedad. Y quién le dijo que se murió en paz.
La casa me había costado la mitad de lo que valía una casa así. La contingencia económica había desviado la pregunta acerca de por qué sería. Por qué un PH ubicado a mitad de cuadra, al fondo de un pasillo y en bastante buen estado podía ser tan barato. Llegué a suponer que la rebaja era por el olor a gato.
- Para cien años, la construcción está bien de bien.
Washington, mi vecino de medianera de ochenta y dos años, viajante y uruguayo, fue el primero que me previno. Después vinieron René y los demás.  Washington se escondió el día que lo vi. Yo subía la escalera hacia mi nueva terraza. Desde allí alcanzaba a contemplar su patio. Lo saludé y se metió en la cocina, apurado y con la cara alborotada por el pánico.
Más tarde salió a disculparse. Como toda presentación, dijo: “antes era de Montevideo, ahora vivo acá”. Me preguntó si le había alquilado a la gorda, y si ella me había hablado alguito acerca de la historia de la casa. Le dije que no sabía nada. Y que compré. Entonces me preguntó si no tenía  miedo.
- ¿Miedo a qué?
- Al polaco viejo.
Le dije que la ex dueña mandaba solamente parcos mensajes de texto en letra mayúscula. La había visto una vez, para escriturar. En efecto, era una gorda enorme. El resto de la transacción y entrega de la llave la manejó una inmobiliaria que, extrañamente, no quiso cobrar comisión. Debía ser la primera vez en la historia mundial de los inmuebles.
- No es para menos -dijo Washington, enigmático. - Como mínimo le tendrían que haber avisado de los ruidos -agregó.
René, el vecino de enfrente, opinaba igual. Le faltaban dos dientes de adelante y llevaba puesto un mono engrasado, aunque no trabajara en un taller mecánico. Era tan jubilado como Washington. Manejaba un Chevrolet Corvette del 54. 
- El que hace los ruidos es el padre de la que te vendió la casa. Durante años le avisamos a la gente para que no comprara. Con vos se nos pasó. Los ruidos son lamentos de dolor. Parece que mientras estaba vivo había tenido una enfermedad que le dolía. Gritaba. Y ella, Norita, no lo quería escuchar. Un día la gorda se fue y cuando volvió, después de un mes, encontró a su padre medio podrido sobre la pinotea.
Me preguntó si todavía se sentía el olor.
- Solamente hay olor a pis de gato -dije.
- Washington lo olió. Algo tipo pollo podrido, dulzón. Llamó a los bomberos, pero no le creyeron porque es uruguayo.
Afirmó seriamente con la cabeza. Yo había visto una mancha en el piso de la habitación, una especie de sombra grande.
- El polaco era enorme -constató René. Parece que se peleaba mucho con la hija, una tarada. Washington no sólo había escuchado los lamentos: también lo vio. Subiendo la escalera que va a la terraza.
Yo pensé que tal vez por eso se había asustado tanto la primera mañana en que me vio subir.
-Como una luz -especificó René.- Un cuerpo de luz anieblinado. Como la neblina que el uruguayo veía miles de veces en la ruta, cuando viajaba al amanecer. Pobre hombre, no le renovaron el registro. Para un viajante es como matarlo.
- ¿Y encontró al polaco subiendo la escalera?
- Yendo a colgar la ropa a la terraza. Pero de noche, dos años después de que el polaco hubiera muerto.
Todo esto había pasado hacía una década, aunque los gritos se seguían escuchando. Tal vez ahora un poco más bajito. Como si se hubieran gastado.
- ¿Usted los escuchó?
- Creo que sí -dijo René.
Aclaró lo buenísima persona que había sido ese polaco. Pero estaba postrado. Y la gorda quería la casa para vender. Por eso se lo olvidó ahí adentro, sin darle de comer, ni los remedios. Por eso se hizo la que se iba.
- ¿No habrá tenido que viajar?
- Adónde va a viajar esa gorda tacaña. “Abandono de persona”- agregó.- Claramente un delito.
Afirmé con la cabeza.
- Abandono de padre -remarcó René:- peor.
Lo único que yo había sabido de Nora era que hacía rato que la casa estaba desocupada. Me lo informó de esta manera, en un mensajito:  DESOCUPA DDE HACE AÑOS. “¿y no tiene olor a nada?”, le había preguntado, alérgico como soy. GATO, contestó. MEO.
La tarde había empezado a caer y yo estaba decidido a quedarme a dormir. Tenía mi sillón azul desvencijado y algunas velas, porque todavía no estaba conectada la electricidad. Lo invité a René a que cruzara a tomarse un vino conmigo, pero dijo  “ni en pedo pongo un pie en esa casa endemoniada. Al menos no tan tarde en la tarde”.
- Y a los gatos se los aleja tirando pimienta al piso -agregó.
Armé la cama. Por más endemoniada que fuera, era mi casa. Podía comprar pimienta al otro día, pensé. En un placar encontré un bol al que alguien le había escrito “Tini” en letra cursiva con un marcador.
No era que no me asustara, pero la idea de estar acompañado de manera paranormal me gustaba un poco. Nunca en la vida había visto un fantasma. Encendí las velas con una cajita de fósforos que me pasó René. Me recosté. La habitación temblequeante era el escenario ideal para la aparición. Había un silencio espeso, como de cementerio de provincia. Cerré uno de los ojos. Casi podía oler al muerto que hubo en esa habitación. Se cayó de la cama o se tiró, desesperado de angustia y soledad. No se pudo poner de pie otra vez. El hambre lo fue devorando como un buitre. Cerré el segundo ojo para recibirlo. Podía sentir el calor de las velas en la habitación sin ventilar.
Cuando abrí los ojos ya era de mañana. Las velas eran cinco montañas de cera derretida. Ningún lamento había podido con el cansancio de la mudanza de mis pocas cosas. Washington me estaba esperando con el mate, sentado en su patio. Lo vi por arriba de la medianera, cuando subí a la terraza. Habló sin que le preguntara nada. El sol le daba de lleno en la cabeza, pero a él no parecía importarle. Dijo dos o tres cosas sin sentido: que tenía un Ford Taunus azul, que había conseguido unas pamplonas de pollo en la feria del domingo. Y algo más sobre la yerba paraguaya que estaba tomando, porque no conseguía La Selva, tesoro verde. Y de inmediato y sin correlación pasó a decir lo mal padre y persona que había sido ese polaco de mierda, y que su hija le había puesto enfermeras, pero él se las sacaba de encima como a moscas. Nora también era una mierda como su padre, pero con él había sabido ser una buena chica.
- René me dijo que usted lo vio una vez subiendo esta escalera. De finado, digo.
- ¿Una? -exageró Washington- Decenas...
- ¿Y qué sintió?
Washington subió los hombros. Se cebó otro amargo.
- Al principio me cagué en las patas. Después me acostumbré. -Chupó de la bombilla con ruido.
En la calle me lo volví a encontrar a René, que se mostró muy interesado. Le gustaba que yo no tuviera miedo, lo hacía reír. Se había figurado, en sueños, que la mancha del piso podía pararse como una sombra. Y se paraba para defender la casa, según su opinión. Una vecina de la vuelta, Celeste, aseguraba que el difunto se había hecho atar con cadenas a la terraza, desde el más allá. Ella había escuchado ese ruido claro y patente de los eslabones arrastrándose por los cerámicos. Pero él no le creía, como tampoco creía que fuera blanco, una luz blanca. Para René era un fantasma opaco. Negro de toda negritud.
- ¿Y echó la pimienta que hablamos?
- Todavía no. Voy ahora a lo de Aldo, el de la veterinaria de acá a dos cuadras. Él va a saber decirme.
- Qué va a saber, ése no sabe nada.
 Aldo era un tipo flaco como una horquilla. Los líquidos que vendía reposaban en bidones de colores. El local tenía olor a marisco. Según él, el polaco había sido un buenazo que alimentó a sus gatos de la terraza hasta el último día de su vida. No había habido ninguna enfermedad. Puras macanas de la gente. Qué era eso de que  no tenía movilidad: era un viejo potente. Sordo, pero potente. Siempre venía a comprarle comida y piedritas. Si no venía él, venía la hija. Aldo, decía, se la había cogido. La gorda gritaba al acabar, en la pieza de al lado, pero el viejo no podía escucharla. No escuchaba nada de nada.
-  Y ella, entonces… ¿por qué se fue?
- No sé. Enterró a su padre y se marchó del barrio.
- ¿Hace cuánto de esto?
- Unos quince años. Durante ese tiempo la casa fue de los gatos. Y parece que el viejo no los abandonó: siguió subiendo a alimentarlos, ya como aparecido.
Le conté que debía haber una gata preferida, por la taza de “Tiny”. Aldo pensó antes de contestar.
- No había ninguna preferida. El viejo le decía Tiny a todas las gatas. A veces -agregó-, también la llamaba de ese modo a Nora, de guacho, para hacerla enojar.
Después me vendió un producto que había que rociar llamado “NO VA”. El nombre parecía puesto por la gorda en un mensaje de texto.
Lo rocié antes de que oscureciera. El líquido tenía un olor casi tan feo como el del pis. Para la invocación de esa noche puse comida para gatos en la taza, entre nuevas velas encendidas. Whiskas de atún. Dije algo así como “polaco, dejate ver”. Dije también “viejo de mierda”, como para hacerlo engranar. De eso me arrepentí un poco a las tres de la mañana, cuando escuché los pasos arriba del techo de chapa del patio. Presté atención. Quedaba encendida una sola llama. Me senté sobre la cama. “Soy un tipo valiente”, me dije. Puse un pie en el piso. Escuché otros ruidos más chicos sobre la terraza. No, no cadenas. Ruidos livianos. Fantasmales. Me puse las ojotas y subí silenciosamente todos los escalones.
- ¡Juera, carajo, michos inmundos! - Media terraza meada. Aldo había dicho que sacar a los gatos iba a ser más difícil que librarme del fantasma. “Y encima para fantasmas no tengo ningún repelente”.
A la mañana fui a hablar con Celeste, después de saludar a Washington. Él había conseguido la yerba que quería, tesoro verde, en el chino de la vuelta. Estaba feliz.  Preguntó al pasar algo así como “¿y…?”, pero fue en medio de una chupada, entonces no le entendí.
Celeste, aunque también era bastante gorda, se refirió a Nora como “la gorda mentirosa”. Le molestaba que se hubiera dado corte con el idiota de Aldo, que aunque vendiera comida para animales “no podía diferenciar un chancho de un caballo”. Le comenté que me había vendido un líquido inservible para espantar gatos.
- ¿No le digo? Es un infeliz. Cualquiera sabe que hay que tirar pimienta al suelo. El felino huele antes de mear, entonces estornuda y se raja.
- También lo hice, pero no sirvió.
- ¿Blanca o negra?
- Blanca. Me dijo René.
- Tiene que ser negra -afirmó Celeste.
El batón le tapaba las rodillas. Se apoyaba en la escoba para hablar. Dijo que jamás había escuchado ninguna cadena. Qué estupidez era esa.
- Los gritos sí -dijo-. De evidente dolor.
El “abuelo” había estado enfermo y la “enferma” de Nora lo había torturado hasta matarlo. Siempre había gritado. De hecho, seguía gritando después de ser derretido por la licuefacción. La palabra “licuefacción” sonaba muy extraña en los labios de Celeste. Más que “felino”.
- Ya lo va  oír -dijo.
- Hace dos noches que estoy. No escuché nada.
-  Hay que aprender a escuchar. Y no es que Aldo sea una mala persona. Pero odia a los gatos. Si fuera por él, les daba de comer almóndigas con vidrio molido. Cuando ellos las comen se mueren desangrados, con los estómagos rayados. Cuando un gato se muere así, no se va al cielo, se convierte en fantasma. A lo mejor el “abuelo” se comió una de las almóndigas que Nora tenía en el freezer, para matar los gatos. Capaz que ella misma se la cocinó. Nora es capaz de todo.
Esa noche la luna pintó la terraza de un blanco espectral. Supe que el enigma no iba a llegar a la mañana. Me dio un escalofrío. Tuve que tomarme un par de whiskys para darme ánimo. Washington me dio los hielos. La aparición era inminente. La podía sentir, mejor dicho intuir, sobre mi piel de gallina. El clima era, esta vez, imposible de mejorar. Si había un fantasma, iba a aparecer. El barrio todo estaba como deshabitado. Ni gatos, había. Ni un mínimo maullidito. Igual eché pimienta negra. Supuse que la noche perfecta había llegado con toda la fuerza de la maldición polaca. Pero volvió a no pasar nada.
Le dije a Washington, al otro día: “O son todas macanas, o el polaco me está esquivando”. Washington estaba arreglando su lavarropas. Ni me miró. Llamé a Nora varias veces al celular.  Quería conocer la historia de primera palabra. Ella tampoco me atendió.
René fue el que volvió a desembuchar sin miramientos. Ya no parecía tan simpático. A él, como vecino, le molestaba mi falta de fe. Estaba sufriendo en carne propia, dijo, la decepción.
- ¿Y yo qué culpa tengo? -le dije.
- La decepción de que el viejo ya no se deje ver. Estamos quedando todos como unos mentirosos.
Todos era el barrio completo, menos yo. “Pobre polaco”, agregó. Le dije que estaba haciendo lo imposible por verlo, por sentir su presencia.
- Esa valentía suya no ayuda. Es pura apariencia. A los fantasmas hay que tenerles respeto.
Me di cuenta de que hablaba en serio. Un poco por piedad ante mi vecino tan mayor, le dije que estaba preocupado y que iba a seguir intentándolo. Él se metió en su Chevrolet Corvette 54 y arrancó sin saludar.
Abuelo, esta es su casa. No deje que yo se la ocupe. Su hija la vendió con mala espina. No deje que los vecinos opinen feo de usted. El que murió mal no puede ser recordado como el mismo mal. Haga algo. Reaccione.”
Un oficial conectó la luz eléctrica por la mañana. Por la tarde vinieron a poner el teléfono. Uno de la cuadrilla que habló con Washington dijo que mi vecino de medianera me odiaba. Sus palabras contra mí habían sido: “con su terquedad, está estropeándolo todo”. El oficial estaba seguro de que hablaba de mí.
- No creo en fantasmas -le contesté.
“Levántese en la sombra antes de que las velas dejen de arder. Camine, venga. Se lo pido por favor, polaco viejo.”
- Su actitud me hace acordar al “NO VA” -dijo Aldo, cuando fui a quejarme por el producto defectuoso. René opinaba que yo ya me había vuelto como la gorda de mierda: alguien que se olvidó de escuchar al buen vecino. Celeste, simplemente, me llamó “hombre sin esperanza” en la verdulería. Fue como un sopapo. Yo ya ni dormía. Lo único que me quedaba por hacer era mandarle mensajes de texto a la gorda, como una compulsión.  Escribí en mi teléfono:
 “me vendiste una casa con un fantasma que no existe - quiero que se me devuelva el dinero que puse”
Escribí:
“siento que la presencia de tu padre me sigue a dos pasos de distancia, detrás de mí, pero me doy vuelta y no hay nadie - percibo su olor nauseabundo, aunque no haya ningún olor - la nariz me pica en una alergia inaguantable, de primavera fétida - cadenas inaudibles se arrastran a mi espalda - ya no puedo vivir en este estado”
Escribí:
“sus apestosos gritos sin volumen me corrompen el alma; algo imposible de explicar, sostener, menos aún de comprender o poner en palabras - estoy viviendo un trauma, el que usted me vendió con la casa”
Escribí, en el último arranque de desesperación:
“no doy más, Nora - esperar al polaco viejo me desgasta los nervios - exijo una clara respuesta de su parte”
Entonces contestó:
JÓDASE
USTÉ TIENE LA KULPA
Me enojé inmediatamente. ¿Culpa por dialogar con mis vecinos? ¿Por escucharlos? ¿Por intentar razonar dentro de un mundo de chismes y pavadas? Se lo escribí indignado. Yo había tratado, como mínimo, de entender el enigma de su padre muerto.
Ella solo contesto:
POR ESPANTARLO. 

Etiquetas: ,

Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

gesnil@gmail.com

ENTERRAR A LOS HIJOS
ESTACIÓN
UN ASESINO ES UNA PERSONA NORMAL QUE TRABAJA MATAN...
NOTA COMPLETA DE LIOTTA PARA VIVA
EL FANTASMA INVISIBLE
NAVIDAD EN UN DÍA CUALQUIERA
BUENOS AIRES AHORA
BUENOS AIRE NOW
EL AMOR ENFERMO / CAPÍTULO NUEVE
CINTA DE MOEBIUS

julio 2005
agosto 2005
septiembre 2005
octubre 2005
noviembre 2005
diciembre 2005
marzo 2006
mayo 2006
octubre 2006
enero 2007
septiembre 2007
noviembre 2007
mayo 2008
junio 2009
julio 2009
diciembre 2009
enero 2010
marzo 2010
abril 2010
mayo 2010
junio 2010
julio 2010
agosto 2010
octubre 2010
diciembre 2010
enero 2011
febrero 2011
marzo 2011
diciembre 2011
enero 2012
junio 2012
julio 2012
agosto 2012
septiembre 2012
octubre 2012
noviembre 2012
enero 2013
febrero 2013
mayo 2015
junio 2015
noviembre 2015
junio 2016
julio 2016
agosto 2016
marzo 2017
julio 2017

Powered by Blogger

Suscribirse a Entradas [Atom]